"Las Vacas". Un cuento de Federico Vegas.

Querido sobrino:
El precio de esta casa incluye cloro de piscina para seis meses, los muebles de la sala y el comedor, alfombra de punta a punta, camas tendidas en los cuartos, cocina instalada y grama recién cortada. Además, no pagas intermediarios. Me compras las acciones de la compañía que puse en los papeles y listo. Piénsalo bien. Si la quieres está disponible para el mes que viene. No quiero presionar, pero yo aprovecharía la oportunidad. Mi regreso coincide con tu venida y estas casualidades familiares hay que respetarlas. El esfuerzo de buscar sitio y amoblar un hogar como le gusta a nuestras mujeres tiene un costo que te ahorras con mi oferta. Otra cosa es si tu esposa lo que quiere es matar la fiebre, hacer casita, jugar a decoradora; en ese caso no puedo ayudarte.

Por ser yo hijo menor, y tú primogénito de hermana mayor, me ha tocado hacer de tío, parecer tu primo y ser tu amigo; así que puedo confesarme contigo y, a la vez, ofrecerte algunos consejos.
Lo más importante es que enfrentes los eventos con calma. Todo lo que te está pasando véndeselo a los demás como algo que tenías planeado desde hace tiempo, algo que veías venir. Si tienes que salir de Venezuela habla de cuánta falta hace cada cierto tiempo desconectarse. Así no te verán como víctima, sino como un tipo alerta y sabio, y terminarás por convencerte a ti mismo de estar al mando de tu propia vida. Si en cambio andas con cara de asustado, te perseguirán más sorpresas. Entre irse del país como tú, y volver como yo, no hay más diferencia que esos sentimientos de culpa que tú ahora estrenas y yo finalmente archivo. Fíjate en mi caso: tan desesperado que estaba al irme del país y me ha servido para vivir los tres mejores años de mi vida.
Nos quedaríamos a vivir aquí para siempre, pero los niños llegan a una edad en que se ponen como las ranas cuando llegan las lluvias. Comienzan a brincar y no piensan sino en regresar a los charcos donde preservarán la especie. Es extraño: mientras más inocentes, más perciben que estamos aquí de turistas y no para echar raíces. Se me han puesto como ausentes y viven soñando con sus primos. Todavía son unos niños y ya hablan de sus“viejos compañeros” de colegio.
El problema de estas casas en Boca Ratón es que nunca las llegas a sentir como tuyas. Las hacen demasiado rápido. Las palmeras y los setos llegan crecidos e igual se los llevan. Las paredes suenan huecas. Sales afuera y no hay muros entre casa y casa sino unas maderitas blancas entrecruzadas y un concierto de compresores para los aires acondicionados. Yo no estaba acostumbrado a ver tantas piscinas, y tan cerca unas de las otras. De niño, ver una piscina era como encontrarse un río. Uno las creía eternas, únicas, mágicas. Aquí te cuesta saber si estás metido en la tuya o en la del vecino.
Otra cosa muy buena, y muy extraña, es que cuando te mudas nada se pierde porque nada te llevas. Yo lo hice tres veces y fue como cambiar de hotel. Todo te aguarda funcionando, sin chance a que lo esperes o lo sueñes. Los teléfonos, las neveras, los calentadores y los hornos te anteceden, como si tú fueras el que está de paso. También me costó entender que una avería en un aparato es su sentencia de muerte. Aquí nada se pone viejo, nada se repara.
Pensar que el inicio de esta aventura fueron aquellas vacas que te llevé a ver cuando estaban recién llegadas al hato en Calabozo. Tú no entendías qué hacía aquel ganado en tierras de arroz, pero no querías cazar patos para no asustarlas. Con esas vacas holandesas no había fotografía mala: el gamelote parecía grama, el paisaje se veía más civilizado y hasta nuestros hijos lucían más catiritos. Lástima que no hubo tiempo de llevarlos más veces para que aprendieran a ordeñar. La vida ofrece pocas oportunidades de sacarle leche a unas verdaderas tetas.
El negocio de las vacas lecheras no funcionó. Nunca entendí las fórmulas ni la alquimia del queso. El experto era mi socio. Yo lo único que he aprendido de veterinaria es que esas Holstein están malditas en el Guárico. Todas las mañanas escuchaba a mi socio llamar por radio desde la oficina a la finca y me impresionaba cómo se morían. Esperaban tranquilitas su turno: una vaca por semana. No es lo mismo contarlas cuando llegan juntas, cepilladas, mareadas por el barco y buscando algo de frío en el llano, que cuando se desinflan y se secan.
Por suerte, las aseguramos muy bien. Esa era mi parte en el negocio. Alguna de mis obsesiones tenía que ser rentable. Lo que a los demás les fastidia a tu tío le apasiona. Me dan placer hasta los aspectos mecánicos de una buena administración: ver a un archivo engordar, los decimales en una chequera, abrirle huecos a una factura y meterla en los ganchos de su carpeta, escribir en una vieja Olivetti una etiqueta. Yo mismo soy la secretaria que siempre soñé tener. He tratado de inculcarle ese orden a los niños. Aquí a cada tarea le he puesto un horario y un precio: ordenar el cuarto, lavar el carro, buenas boletas. Siempre hay un billete de veinte dólares pegado en el corcho de la cocina como premio de la semana al mejor hijo.
El secreto del trato con las aseguradoras es apabullarlas con reportes, formularios, precisión y puntualidad. De todo lo que exigían yo mandaba el doble y los abrumaba con tanta eficiencia. Con los datos que me entregaba mi socio preparaba informes ejemplares sobre cómo se muere una vaca en el llano. Parecían la tesis de grado de un veterinario, modelos llenos de pasión por el oficio que hacían sentirse a los de la aseguradora competentes y rigurosos. Eran tan organizados que más les importaba el papeleo y las fórmulas que el dinero. Creo que hasta les daba placer pagarnos.
En los meses de ese último negocio mi socio y yo comenzamos a separarnos. Lo de las vacas estaba supuesto a ser sólo una diversión, nuestro gran negocio era la constructora. Gracias a un tío de mi socio empezaron a llegarnos contratos y no era fácil organizar esa avalancha. El verdadero secreto de hacer dinero es combinar un firme empeño con una boca cerrada. Y hay un solo método para ser un buen mudo: tenerle respeto al dinero y convertir ese amor en algo íntimo, pudoroso, así se te convierte en una posesión que no quieres exhibir ante los demás. Pero mi socio nunca ha sabido lo que es la prudencia. Le dio una demencia voraz y se pasaba los domingos mirando catálogos de lo que se iba a comprar el lunes; y los martes haciéndole propaganda a sus nuevos juguetes. No lograba callarse, y terminé siguiéndole el trote. Ese fue mi error: preferí el derroche absurdo a ser visto como un segundón.
Mi mujer también cambió. Poco a poco comenzó a comprar aparatos que antes no figuraban ni en nuestros mejores sueños. Es impresionante lo rápido que se hace inconcebible no tener lo que antes parecía innecesario. A mí el lujo me gusta parejo y homogéneo, sin sobresaltos. No puedo tener buenos zapatos sin buenas medias, o medias sin un buen talco, o talco sin una tijera de uñas. Esas secuencias interminables me ponían en desventaja con respecto a mi socio. Él podía comprar cosas de un zarpazo, sin preocuparse de todo lo que requiere poseer algo con armonía y buen gusto.
Igual de impulsivo se puso el día que salió la noticia en El Nacional sobre los deslizamientos en los edificios de La Yaguara. Él se enfrascaba en el detalle y no miraba la totalidad; no lograba amortiguar el golpe, mantener el equilibrio y pasar por debajo de la mesa. Por una denuncia en el cuerpo D se le invirtió la locura: de sátiro agresivo ahora quería ser monje franciscano. Tenía ese síndrome de culpa galopante que se cura vendiendo todo y comprando dólares. Discutía con nuestros abogados gritando todo el día “¡Es que nosotros hemos debido!…”, y daba alternativas angelicales a nuestro pasado.
Al poco tiempo entendí que mi alias en la oficina era “nosotros hemos debido”. Ahora me escribe reclamando lo que le pagué por las oficinas en Macaracuay, cuando fue él mismo quien fijó el monto. Si se pasa tres meses con un precio por las nubes, ¿quién esperaba que le comprara, y por cuánto, el día justo antes de irse? Si él creyó que Venezuela no aguantaba más, ¿qué culpa tengo yo si el país aún resiste su dieta de mierda?
Lo absurdo es que no hacía falta tanto alboroto porque a fin de cuentas jamás pasará nada. Las noticias se satisfacen a sí mismas. La gente aprende a calmarse tragando papel periódico. Siempre habrá un escándalo peor que el anterior. Si no me crees compara tu caso con el mío. Si la prensa los escandaliza con cien, pronto la misma prensa los hará olvidar con mil, y luego con miles de miles. Y así el hijo sobrepasara al padre, y lo hará irrelevante, y luego vendrán los nietos. Y en esa corrupción genealógica se van a involucrar las madres y las abuelas, el que mama y la mamada, unidos en una leche enferma que se va colando de boca en boca. Acuérdate de mi, lo que ahora nos pasa, pronto no será nada. Este país no tiene escala ni freno, ni fondo, ni remedio.
Por eso es bueno que te vengas. No conviene que a los niños les estén haciendo comentarios en el colegio. Ellos sí que se confunden. Los míos estaban preparados para venirse a Florida. Soñaban con estas tierras. Aunque ahora que están aquí se les invirtió el enfoque y asocian a Venezuela con vacaciones. Cuando vuelvan, se les quitará bien pronto ese delirio de recreación patriótica.
Tu tía llegó aquí con una barriga de seis meses. Le costó montar casa nueva porque le daban unas lloraderas. Así llegamos al nacimiento de Teresita, que fue una experiencia para todos. Yo por fin conocí un parto sin suegra ni cuñadas, sin el gentío y sin tantos ramos de flores que se pudren durante la noche.
Cuando llegaron la mamá y la bebé a la casa de Boca Ratón me empezó una rara molestia en la garganta. Yo creo que todo empezó la segunda noche.Tu tía no podía con la presión en las tetas. Las tenía inflamadas y se las miraba como si no fueran de ella. Parece que la bebé no comía lo suficiente y ella tenía un caso de sobreproducción. Yo pensé que estaba tratando de sacarme del limbo en que me sumió su barriga y el auto de detención, porque me pidió que chupara para calmarle el dolor. Al principio me costó trabajo pegarme como un chivito. Me parecía una perversión hacer el papel de bebé mimado y no lo encontré nada excitante. La leche era insípida, dulzona, como rendida con soda y cloro. Apenas mamé un poco comenzó a darme asma y ella lo tomó como alergia a sus pechos desmedidos. Yo le dije que no era por las tetas, sino por la leche, y fue peor.
A partir de esa noche, apenas la bebé empezaba a mamar, me daba un picor y un dolor al tragar. A los dos minutos me estaba asfixiando, como si tuviera un rabo de vaca en la garganta.
Fui a ver un experto en bronquios y a otro en alergias, y ambos, después de exprimirme con exámenes hasta de próstata, me recomendaron un psiquiatra. Pensé que yo sería el primer venezolano en buscar un loquero en Florida, pero pronto descubrí que me precedía una amplia lista de enfermos, todos ilustres.
Antes de hacer algo siempre realizo un análisis exhaustivo del tema. Descubrí que los mejores psiquiatras son los que acaban de salir de Cuba: hablan el mejor español y dominan igual de bien la paranoia cubana y la esquizofrenia mayamera. Te doy el dato de que hay varios en las oficinas que están detrás del Aventura Mall. El mío debe ser de los buenos, tiene ocho meses aquí y ya cobra como un cirujano plástico.
No fue nada de lo que me esperaba. Apenas entré me señaló una elegante silla reclinable de barbería londinense. Me senté, respiré hondo y fui directo a los recuerdos más remotos, como en las películas. El tipo me dejó hablar media hora sobre traumas infantiles, y justo cuando creía que me estaba luciendo con mi introspección, me interrumpió:
—¿Y para qué quiere que le oigamos tanto cuento viejo?
El giro me gustó; esa es la Cuba de las sorpresas y uno paga para que lo sorprendan. Discutir un negocio no tiene gracia sin un samurái que corte certeramente hasta el fondo y te obligue a pensar rápido en otras alternativas. El siquiatra me explicó:
—Sobre las cosas que le han pasado ya no podemos hacer nada. Cuénteme lo que quiere hacer mañana a ver si lo ayudamos en algo.
Parece que el método es australiano. Se basa en que uno no percibe el mundo, sino que lo interpreta. Fabricamos historietas para entender lo que nos rodea, y, si te encierras en un solo cuento, y es de los malos, no tienes salida. Tuve la suerte de conseguirme un genio que me ayudó a fabricar la versión que más me convenía. Nunca he conocido un farsante más pesetero y efectivo. A los dos meses ya lo estaba insultando y él curándome. Le dije que lo de su ayuda a la Fundación Cubano-Americana era una mierdada para justificar lo caro que cobra, y él me respondió:
—Puede que yo tenga una mentira que ofrecerle, pero no todas.Las otras las tendrá que poner y manejar usted.
El tipo se las pasa proclamando que él colabora con la causa de la patria que abandonó, que afloja su diezmo. ¡Qué bien se llevan los mentirosos! Entre los fanáticos de lo correcto sólo encuentras fastidios y reiteraciones. No hay encanto ni sortilegio, todo se sostiene solo. La verdad no es para compartirla, sino para llevarla por dentro. En cambio, entre los que nada aseguramos ni defendemos como cierto, a veces aparecen fragilidades que se entretejen y se convierten en verdades más divertidas, más inquietantes, más conmovedoras, más ciertas.
Al hablar de mis planes para el futuro era inevitable contarle lo de las vacas. El caso sigue vigente, por lo menos legalmente. Le interesó la historia, pero le pareció demasiado evidente el origen de mis culpas. Parece que las vacas son arquetipales, y esto lo sabía todo el mundo menos yo.
—Con las vacas no se juega —me dijo, como si fuera el undécimo mandamiento.
Desde su perspectiva clínica mi caso era de una lógica jesuítica: si asma es igual a teta, y teta es igual a vaca, asma y vaca es lo mismo en Florida, en Cuba, y en el Guárico. Esto es obvio hasta para un odontólogo, pero el psiquiatra no me entregó su diagnóstico tan pronto. Se quería tomar su tiempo. A los pacientes no les gustan las soluciones rápidas: quieren drama, vericueto, pedigrí y lavar las culpas con dinero. Y yo era quien pagaba en dólares cada minuto de su estrategia envolvente, dilatoria y exorbitante.
La relación de mentiroso a mentiroso entre mi socio y yo era algo así: manteníamos en la oficina un prudente decoro ante el personal, y llegamos a contagiarnos tanto con nuestra comedia que, aún solos, hablábamos en clave.
Resultó difícil, y mira que es difícil escandalizar a un psiquiatra en Miami, hacerle entender a mi doctor lo simple del negocio, explicarle que las vacas las habíamos comprado con unos dólares que daba el gobierno para promover la ganadería mucho más baratos que en el mercado libre. Aún no había llegado la mercancía y ya las habíamos asegurado en dólares al cambio más alto. Así, la vaca lechera que comprabas en 7, se te moría en 14. Más valía muerta que ordeñada y meneando la campanita. El gran secreto del negocio consistía en que una vaca suiza no puede vivir en el Guárico. La pregunta: “¿Cómo están las vacas?”, quería decir: “¿Ya se les pudrieron las pezuñas en el barro?”. Y así cobrabas algo en el matadero y mucho más en el seguro. Llegué a creer que el doctor terminaría odiándome, porque parece que tiene una finca más allá de Gainsville. Todo latinoamericano, tarde o temprano, sueña con tener unas cabezas de ganado.
La primera fase del tratamiento fue reprogramar el cuerpo hasta moverme otra vez con soltura. Me explicó que debía reencontrarme con el animal que llevo por dentro partiendo de una corteza cerebral que heredamos de los batracios y se encuentra en el corazón de nuestra memoria:
—Estírese en la cama antes de levantarse y, en el día, nade todo lo que pueda; pero sin hacer esfuerzos, más bien retozando en el agua, como un renacuajo.
Por eso te decía que mis hijos son como ranas buscando su charco. Diez citas más tarde me sugirió que pasara de los ejercicios de contorción a usar las cuatro extremidades:
—Pruebe a gatear una media hora todos los días. Esa perspectiva le ofrecerá una nueva visión de su mundo.
Yo reaccioné con violencia a esos métodos esotéricos. Le dije que era una locura.
—Precisamente, de eso se trata: un clavo saca otro clavo —me contestó.
—Pero es que no puedo hacer semejante disparate frente a los niños —insistí.
—Hágalo en la mañana mientras están en el colegio. No tenga miedo, es un excelente ejercicio y una buena penitencia. Puede ladrar si está molesto, maullar si hay melancolía, o mugir las mañanas en que el asunto parezca no tener salida. Los cuadrúpedos son más estables y conformes de su suerte que los bípedos.
El psiquiatra me había advertido sobre estos métodos exóticos cuando me fijó su tarifa y soltó uno de sus lemas:
—Yo no lo voy a hacer menos asmático ni más feliz, solamente le enseñaré a manejar mejor tanto su asma como su infelicidad. Le daré más armas, más poder. Si respira hondo y logra pasarla bien, será asunto suyo.
El viaje por la 95, desde Boca Ratón hasta la silla síquica de barbero, me tomaba unos tres cuartos de hora, así que completaba la cita con dos sesiones de terapia de autopista. A la ida iba pensando en qué decir y a la vuelta en lo que dije, o no pude decir. Sólo, metido en el carro y con la música a todo volumen, era cuando más y mejor podía pensar. Rodando empecé a entender que hurgar hacia atrás sí funciona, pero tienes que ir a un pasado mil veces más remoto que la infancia, más viejo incluso que tus huesos. El siquiatra lo llama “un proyecto del mundo desde la animalidad”.
La primera vez que mi esposa me vio paseando en cuatro patas por la sala me preguntó con un cansancio de abuela:
—¿Y ahora qué se supone que estás haciendo?
—Es una gimnasia tibetana que me recomendaron para la espalda —le contesté.
Ella no dijo una palabra más y me dejó seguir mi camino hacia el comedor.
Al principio sentía un peso enorme en las palmas y las rodillas, mientras toda la tensión parecía estar alrededor del cuello. En la columna, en cambio, empezaba a ir y venir una grata cosquilla que le mandaba nuevos mensajes a mi médula.
En esa etapa ya era un niño de cinco años y, al bajar la cabeza y enfocar las llanuras de alfombra,ya veía inmensos potreros y me distraía como cuando jugaba con soldaditos. Con la luz de la mañana, los oscuros laberintos de hebras mal aspiradas, se iban iluminando con los primerosresplandores del día, y, gracias a esos amaneceres, comencé a comprender de dónde venía mi desprecio por las mansas vacas.
Ahora sé que no soportaba su apetito indolente frente a un plato de comida que se extiende por hectáreas de monte. Despertar todos los días ante el mismo pasto recalentado es la razón de sus miradas penosas, bondades soñolientas y poses de resignación. Nada tan extenso puede tener sabor o sentido.
A los pocas semanas de merodear por la casa a dos cuartas del suelo, asumí que mi vida participaba en esa misma extensión terrestre que carece de verdaderas diferencias. Lo que valoraba en mí como sagacidad e inteligencia, no era más que las trampas y las condenas de un animal sobreviviendo. Todo se hacía cada vez más evidente mientras avanzaba en mi horario matutino por entre los muebles de mi pequeña comarca.
Entonces comenzó un insomnio grave y decidí hacer mis recorridos en horarios nocturnos. Mientras toda la familia dormía, me dedicaba a meditar y rumiar sobre la fatalidad de los animales de presa. Alguna vez amanecí echado sobre la alfombra, que se fue haciendo sospechosamente hospitalaria. Mal espectáculo para unos niños que salían temprano  para el colegio.
A los seis meses de llevarle a mi médico puntuales informes de mis exploraciones de mamífero, comencé a sentirme mejor. Por fin pude acostarme temprano y levantarme tarde, jugar golf, comprar tonterías con mi mujer, preparar unas buenas parrillas y dormir largas siestas. Ya podía desligar la historia de mi vida de aquellas ubres moribundas.
Mi doctor dice que lo más fácil de curar es la culpa. A unos les gusta generarla y a otros alimentarla. Se llama oferta y demanda, ocio y negocio, dolor y placer, dar y quitar, pecar y confesarse. Mucho más difícil de curar es el aburrimiento, sentirte sin extremos, sin nada donde puedas medirte, constatarte.
El único problema es que mi doctor estiraba demasiado el tratamiento y se estaba engolosinando con los pagos. En la última cita fui yo quien miró el reloj y terminó la sesión diciendo:
—Muchas gracias doctor. Creo que ya no volveré más por aquí, me siento mucho mejor. Y además, a la niña ahora le están dando tetero. —o quizás dije “biberón”, para que el tipo me entendiera.
Pero no voy a atormentarte más con mis vainas. Tu encontrarás tu propio camino, tu manera de andar, tu propia salida de tu propio peo. Ya he usado aquí demasiadas palabras que le pertenecen al “doctor”. Esto de la psiquiatría y sus versiones es mera literatura, puro cuento bien pagado y relatado con gotero.
El caso es que el tratamiento funcionó y volví a los tiempos de cuando mis jadeos y los gemidos de mi mujer obedecían a causas más nobles que el asma y el exilio. Pronto retorno a Caracas y a los negocios. Estoy optimista. Ahora sé mucho más de muchas más cosas. Tú dirás que no tengo remedio y en eso coincides con el diagnóstico de mi médico:
–Eso que siente y le duele, lejos de ser el problema es la solución.
La vida avanza. Debes dejar de lado, con profesionalismo y a conciencia, las verdades apabullantes y concentrarte en las mentiras moldeables.
Convéncete sobrino, aprendes lo mismo en el más suave retiro que en la más dura prisión. Cómodo o reventado, te la pasas metido en ti mismo, te hartas de llevar la cabeza a cuestas y aprendes a vivir del cuello para abajo.
Váyase del país tranquilo, que lo difícil es el camino de regreso.
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Escribí este cuento hace más de diez años. Ahora luce tan inocente y provinciano. Al volverlo a leer recordé el dicho: “Para que llorar sobre la leche derramada”.

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