Fragmento de “El buen esposo”, la nueva novela de Federico Vegas

Publicado originalmente en "Prodavinci". Aquí tienes el enlace.
Sábado, 17 de enero.
Día de san Antonio. Vivió en Egipto y es el patrono de los animales domésticos, de los amputados, los tejedores de cestas, los carniceros y los enterradores, ermitaños y monjes, epilépticos y criadores de cerdos. A los veinte años vendió todas sus posesiones, entregó el dinero a los pobres y llevó una vida ascética en el desierto durmiendo en un sepulcro vacío.
¿Qué debería hacer el buen esposo, recuperado y siempre recuperable, cuando regresa a casa después de dejar a su mujer en el aeropuerto y enfrenta una cama con señales recientes de dos criaturas que no lograron amarse, ni dormir, ni pronunciar una palabra afable en toda la noche, mientras se daban la espalda aferrados a lejanas almohadas?
Tapa_El_buen_esposo_federico_vegas300Ya debes estar en Atlanta esperando tu conexión, y eso de «cama con señales recientes» quizás te suene irrelevante, remoto. Prefiero hablarte de «lecho con las huellas de siempre». El lecho tiene un espectro tan amplio que para no confundirlo con el cauce de los ríos, los valles de los glaciares o el fondo del mar, algunos timoratos añaden el nebuloso «nupcial». Pero viene bien su carga de sinónimos para describir el sepulcro que hallé al entrar a nuestra habitación, ya saturada de luz mañanera. Allí estaban los estratos de sábanas y colchas en capas extendidas unas sobre otras, los aromas sedimentarios, los tristes surcos de nuestros rastros y asentamientos, revelando con sus vacíos los vastos recursos perdidos de nuestra última noche, cuando cada movimiento y cada roce con el algodón nos transmitía un tenue mensaje de imposibilidad, un agotador fondo musical al absurdo de nuestra estruendosa finitud. Apenas varía la composición de nuestro lecho, se altera la geografía del mundo.
¿Qué debo hacer entonces según la tradición oral, las costumbres solariegas, los manuales de autoayuda, el horóscopo, los mandamientos, mi peso y contextura, las estadísticas matrimoniales, las reglas de condominio y el primer catecismo? ¿Ceder o resistir? Entreguemos al dolor lo que al dolor pertenece. Ya lo decía mi venerado Ovidio: «Ligera es la carga que bien se lleva. A los recios los acosa más fieramente que a quienes reconocen su esclavitud».
En esta mañana de enero todas las películas de amor que he visto se amontonan ante mí al punto de no poder caminar sin tropezar argumentos, personajes y epílogos. Soy un héroe exhausto y ya condenado antes de la aventura. Mi derredor está lleno de armas gloriosas que aguardan nuevas batallas para compensar mi derrota, desde el teléfono, dado a escabullirse por lo inalámbrico, hasta la chaqueta de cuero reposando sobre el sofá como un mastín al acecho. ¡Estoy libre! ¡Estoy solo! ¿Qué hacer con esta magnífica e inútil libertad?
La primera gran decisión será bañarme a conciencia y borrar con alguno de tus jabones frutales la entumecida noche adherida a mi torso como una pijama de celofán. Entro en la ducha aún circundada por tus cremas y esponjas, cepillos grandes y pequeños. Al frente está un imponente pote de Lactacyd, jabón líquido tan íntimo que imprimen en grandes letras una advertencia para damas desbocadas: Solo uso externo; una frecuencia exigente: Higiene diaria; una recompensa a la perseverancia: Proporciona comodidad y bienestar; y un estremecedor procedimiento fácil de hacer universal: Aplíquese una pequeña cantidad en la palma de la mano, frote la región genital externa hasta obtener abundante espuma y enseguida enjuague con agua templada. En las letras pequeñas descubro que en esta lujuria cotidiana participan sustancias tan repulsivas como el tenebroso «cocodimonion» y un toque de «mea-14M».
Permíteme ser meticuloso y exhaustivo, única redención posible para los esposos penitentes. Mis peores recelos son contra los productos Schwarzkopf. Un mismo apellido no puede pertenecer a quien comandó las fuerzas de la coalición en la Guerra del Golfo, a la soprano que cantó las últimas cuatro canciones de Strauss y a un fabricante de cascadas de champú. Ya el subtítulo bajo el nombre en el pote, Reparación total, parece escrito por el rollizo general Norman Schwarzkopf. Y suena tan falsa esa promesa de restablecer la elasticidad, el brillo y la fuerza. ¿Qué otras tres cualidades pueden ser más esquivas a un matrimonio en picada?
Mientras el agua se lleva el sudor de la larga noche encuentro en la rejilla un nudo con tus cabellos. Lo recojo con la emoción de un arqueólogo y mi dedo queda coronado por la peluca azabache de una gitana cuyo rostro nacarado es mi uña. Su danza termina cuando la ducha despeina a la flaca bailarina y tus cabellos regresan hacia la oprobiosa ruta de las aguas servidas.
Culmino la larga ablución con tu colonia para después de la ducha. Pensaba gastar sin mesura la única herencia que has dejado, pero fuiste poco generosa, Victoria, y, al apretar el
pote de plástico con todas mis fuerzas, la flatulenta trompetilla suelta un resoplido más ronco que el último canto de un cisne. Apenas salen un par de gotas que froto entre mis manos
para reanimarme con una dosis homeopática de sensualidad, y trato de imitar, pues fue hace solo tres horas, tu hermoso ritual con sus lentos recorridos desde la punta del pie hasta un clínico masaje en los senos. No lo logro, estoy demasiado entumecido, rencoroso, y no soporto el perfume a vainilla y almendra. Me hace sentir comestible.
Vuelvo a la ducha a deshacerme de tu aroma. Dejo al chorro golpear mi frente y arranco con el himno de los futbolistas ignacianos. A la tercera estrofa me siento un poco mejor. Paso a la violencia del agua fría y la dejo entrar a borbotones en mi garganta. Se anegan las estrofas, pero se entiende lo fundamental de la arenga:
Comienza la lucha, con tren formidable, pero no se agotan pues son incansables.
Extiendo las notas y con las gárgaras de un tenor a punto de ahogarse llego a la fanfarria final:
Y si algún jugador flojea o decae, el capitán grita: «¡Viva Loyola! Y
el ardor aumenta y vencen al fin. ¡Hip, hip, hip… Hurra!».
Estos asuntos del fanatismo y los impetuosos hipos nunca se me han dado bien. Soy poco convincente y vuelvo a colapsar mientras me pregunto si tu viaje se debe a mi flojera y decaimiento o a tu energía ardiente, incansable. Es hora de envolverme en toallas azules como un beduino que atraviesa sin sus obedientes camellos el ardiente desierto de este hogar.
Pronto desayunaré un manjar delicioso. El hambre aconseja mal, pero habla claro, y yo necesito para mi navegación de cabotaje una meta tan legible como la circular simetría de un huevo frito. La rotura del cascarón será el inicio de una nueva vida arrullada por la música del cuchillo raspando el pan tostado antes de recibir un suspiro de mantequilla. Me sentaré a la mesa con la decadente elegancia de un viejo sátiro: pelo mojado y bien peinado hacia atrás; vigorosa colonia Roger&Gallet esparcida con palmadas de timbalero en los cachetes y ambas nalgas, bata oscura de seda estampada con jirafas, talco en las axilas y entre los dedos de ambos pies.
Juro solemnemente tener modales sofisticados en cada uno de mis futuros desayunos y convocar siempre a nuestros mejores cubiertos. El plato yace sobre un individual de paja más individualista que nunca. Siguiendo la costumbre francesa, coloco el tenedor con los dientes hacia abajo para evitar que se enreden en sus puntas las mangas de encaje de las cortesanas. ¿Quieres mayor coquetería y sutileza? Tomaré dos tazas de café para estar alerta cuando logre dormir.
Nuestra primera discusión prematrimonial fue por culpa de estos mismos cubiertos. ¿Qué hacía yo metido en aquella tienda? ¿Reflejos, Caprichos, Iskia, Niní, Rififí, Pedigree? ¿Cómo se llamaba, Victoria, aquel templo capaz de despertar mi feminidad dormida y que, al apenas entrar, ya me hacía sentir como una Dama Antañona? Necesito esa superficialidad para deslizarme y no ahondar demasiado. Una manera de olvidar es aferrarse a lo más intrascendente.
Pero no todo en aquellos predios era banal. El lugar nos decía con la amplitud de sus delicadas ofertas: «¡Bienvenidos al templo de la fragilidad!». Hay tanto por destruir en un matrimonio, y la probabilidad de esas fracturas es lo que da sentido y suspenso a una mercancía que exhibe con esplendor su temor a los atropellos.
Para animarme a participar me preguntaste como a un niño:
—¿Qué te gustaría tener?
—Una mandarria –respondí, y querías ser tan cándida que lograste reír.
No he debido despreciar tus esfuerzos, tus meticulosas evaluaciones. ¡Qué bien supiste elegir! Observemos la dignidad con que esa reluciente cucharilla de postre ocupa su lugar en el perímetro norte del plato. Lo único, ahora me atrevo a decírtelo, es que nunca sé de cuál lado se encuentra el filo del cuchillo. Tu padre, Agostino Rossetti, mi contrincante mientras vivió y una útil referencia después de muerto, coincidía plenamente conmigo. Un próspero emigrante de Génova, fabricante de muebles de comedor, debía saber de qué estaba hablando al reclamar:
—¡Esta cubertería solo sirve para hacer dieta! ¡Cucharas que no cargan sopa, tenedores que no trinchan y cuchillos que desgarran en vez de cortar!
Había tanta sabiduría en sus discursos con la boca llena. Cuando nos reunimos para planificar la fiesta del matrimonio, propuso un almuerzo al aire libre. Yo estaba extasiado escuchando su bucólica descripción de una larga mesa bajo una parra, con garrafas de vino y bandejas desbordantes de caprese al pesto y carpaccio de pulpo. Se puso sentimental e incluyó escenas de su propia boda, una fiesta a lo Dafne y Cloe en una colina con vista al mar. Fueron tan felices en aquel paisaje ondulado de la Liguria que uno de los borrachos rodó cuesta abajo y cayó por un pastoral acantilado. Al final de su ensalzamiento, Agostino nos explicó que a la comida de Génova la llaman la «cucina del ritorno dei naviganti a casa», y se le pusieron los ojos aguados de los viejitos que sueñan con morir en su tierra. Mi madre lo aplaudió para consolarlo y le dijo con entusiasmo:
—Qué linda idea, es una excelente opción. ¡Vamos a incluirla!
«Linda» y «excelente», «idea» y «opción». Mamá lo alaba desde todos los flancos y mi suegro se ruboriza, pero aún no entiende cómo se va a «incluir» en la fiesta su venerada estampa. Debería esperar hasta el día de la boda, cuando encontraría en una de las esquinas de La Esmeralda el nostálgico episodio italiano.
Allí estaba, entre la estación de los sushi y la del salmón con alcaparras, un largo mesón tal como lo había descrito tu padre, con una enredadera de fondo y unos cuantos farolillos. Pero nadie se sentaba a comer con una gran servilleta amarrada en el cuello, solo merodeaba un enjambre silencioso, atiborrando sus diminutos platos con productos importados.
Al gran carpintero genovés, capaz de fabricar desde un taburete hasta una barca de vela, lo habían metido en un frac que convertía los giros de su cuello en sudorosos ejercicios de yoga. Así se cuadró frente a su propuesta, tratando de ordenar a la horda que se arremolinaba en la parcela que mi madre había adjudicado a su memoria y origen, esta vez sin colinas ni acantilados, ni padrinos que devoran por horas sin dejar de hablar y beber, levantándose de la mesa solo para orinar el Barolo tras un robusto muro de piedra. Y allí seguía el buen Agostino cuando ya nada quedaba del jamón San Daniele, y solo había una bruschetta mordisqueada y perdida en el mantel como un emblema de su exilio.
Mi suegro sufrió como un valiente la imposición de una fiesta que llegaría hasta el amanecer, requisito indispensable de los matrimonios exitosos. Lo vi tan ensimismado y entumecido que me senté a acompañarlo. Nos vimos a los ojos por un largo rato, en un mutuo silencio que se hacía más fantasmagórico al estar rodeados por una escandalosa muchedumbre luchando por enmascarar sus engreídos vacíos.
Pensé que Agostino expresaba con aquella mirada recia y frontal cuánto desconfiaba de su yerno, y encaré la serenidad de su consternación con educada compostura, una manera de expresarle que comprendía su rechazo. Quería hacerle muchas promesas, garantizarle que yo no era tan malo, mostrarle que mis manos también podían llegar a ser callosas con dos semanas manejando un martillo. Y, de paso, pedirle que revelara sus mejores secretos, desde «¿Cómo puedo llegar a tener una hija tan bella como Victoria?» hasta «¿Cuál es la mejor madera para un humidor de tabacos?».
Paseé por todas estas alternativas por ser mi suegro el único que me prestaba atención, y terminé confesándole una historia que sucedió cuando yo tenía seis años. Era extraño narrar parte de mi infancia gritándole en el oído para vencer las agresiones de la música.
—Una tarde me fueron a buscar al colegio y me trasladaron a una gran casona donde había una fiesta con cien niños. Entré a una habitación y al rato apareció mi madre y me vistió de conejo. Tenía tanta prisa que le temblaba el pulso y no logró pintarme un escueto bigote de tres pelos por lado. Salió del cuarto encargándole a otra mujer: «Mejor le lava la cara». Me enjabonaron la boca como si hubiera dicho una mala palabra y fui enviado escaleras abajo. Atravesé la romería de cargadoras, madres y carajitos hasta llegar a la periferia de la piñata, donde se habían refugiado las posibles víctimas. Mientras aguardaba protegido por esa temerosa pasividad, le pregunté a uno disfrazado de campesino tirolés de quién era la fiesta, y me ofreció la única pista de dónde nos encontrábamos: un nombre y un apellido. ¡Era mi cumpleaños! Sentí los calorones de un reto y quise correr hacia el centro, tomar la batuta y hasta dar órdenes, pero, ¿qué puede hacer un pobre conejo flaco, cabezón y sin bigotes?
Esa última frase se la remaché a Agostino para estar seguro de que me había entendido:
—Era mi cumpleaños… Hoy es mi matrimonio y sigo igual de lampiño.
Mi recientísimo suegro se mantuvo observándome con la misma concentración absoluta, hierática, y pensé que quizás el pobre no sabía dónde estaban los baños y tendría horas conteniéndose. Justo después de darle un beso en la frente para sellar con dulzura la condenación de una hija casada con un desquiciado, y de agarrarlo por el codo para llevarlo a mear, descubrí que desde hacía un buen rato Agostino estaba profundamente dormido. Observar por años las quimeras caraqueñas lo había enseñado a dejar de ver sin bajar los párpados.
Sumando tus intentos por rebelarte contra el sabio pragmatismo de tu padre, y los míos para aguantar los delirios de mi madre, no lograríamos explicar el escándalo que se armó en el Palacio de los regalos quebradizos. Ahora que mi palabra adquiere el fehaciente honor de la soledad, puedo decir que la cristalería que rompí esa tarde fue por culpa de un mal giro de talón, quizás precipitado, pero con la gracia de un torero cuando da media vuelta y se dirige al burladero. No era mi intención iniciar aquel diluvio de fruteras que se abalanzaron desde un anaquel mal atornillado para estallarse contra el mármol y convertirse en polvo alado.
¿Por qué entonces el incidente sería registrado en los anales de la tienda como el gesto intencional de un desaforado? Yo no podía quedar como un simple accidentado ante aquellas dependientes que dejaron de envolver jarras de plata mexicana en papeles de seda, y ante mi madre que huyó a otro extremo de la tienda, y tu madre que hacía como si no me conociera, y tú que ya me conocías demasiado bien. Así que amplié el giro abriendo aún más los brazos y exclamé:
—¡Pongan todo a mi cuenta! ¡Nos casamos en cincuenta días!
Fue mi culpa que nadie entendiera el alegre homenaje a las islas del mar Egeo, pues acudí a la cita con un aire despectivo y sin ningún deseo de sintonización. Me faltaba humildad. Nunca sospeché la profundidad de los postulados que se manejan en el acto de elegir lencería, cubertería y vajilla.
En medio de aquellos estrellamientos empecé a asumir que hacer de marido sería mi nueva y compulsiva profesión. Al principio, antes del alud, nos sedujo cuánto sabía mi madre sobre marcas y diseñadores. Era un deleite escucharla discurrir mientras elegía los cubiertos para el pescado, elsoufflé y la mousse, y unos pendencieros tenedores de dos puntas para arrancar de su concha a los caracoles. Yo callaba, como un varón que quiere dejar bien claro que solo ha venido por complacer a su futura esposa, pero comencé a entusiasmarme cuando llegamos a los implementos de trinchar carne. Mi madre describió las propiedades de una cuchara para salsas «no emulsionadas», ideal para recoger la sangre del animal sacrificado. El ingenioso utensilio con forma de vulva ojerosa me sedujo por su refinada manera de ajustarse a los crímenes de los carnívoros.
Cuando pasamos a la cristalería, epicentro de nuestra primera catástrofe pública, pensé que iba a ser de mi exclusiva incumbencia escoger los vasos y las copas, y aún sostengo que el bar lo debe manejar el señor de la casa, pero las tres mujeres se pusieron de acuerdo para imponer unas pesadas botellas de un vidrio tallado con triángulos que imitaban diamantes y engalanadas con una cadena de plata similar a la de los perros San Bernardo, con los nombres de: «Scotch», «Gin», «Coñac», «Rum».
En ese preciso momento comenzó a perfilarse una futura empresa en la que debería controlar fuerzas tan adversas como envolventes y, alarmado ante los futuros embrollos y ridiculeces de mi nuevo oficio, me dio por alzar los brazos con uno de esos gestos que comienza siendo ampuloso y al final disimulamos peinándonos el cabello hacia atrás. Fue entonces cuando se dio el tropiezo que algunas damas confundieron con un insólito despliegue de malcriadez, cuando era solo la legítima perplejidad de un esposo novato y desbalanceado.
La primera y única compra enteramente de mi incumbencia sería un cuchillo marca Aitor comprado en plena luna de miel. Amo los cuchillos tanto como me desagradan las navajas y las hachas. ¿Qué otro objeto puede ser útil en un hogar y, al mismo tiempo, evocar las atrevidas gestas de un explorador?
Al asomarme al inventario de la cuchillería en Toledo, se abrió un ámbito más amplio y sugerente que el de aquella tienda exquisita donde nos apertrecharon y jamás podré volver. Mis instintos se excitaron con la recia oferta de acero y muy poco pudor. Había modelos Sandokán y Escorpión, y hasta una versión licenciosa con el nombre de «Fantasía de chica guerrera» que traía de bono un antifaz.
Se revelan tantas facetas de nuestra personalidad al hojear un grueso catálogo con fotos en colores. Mis emociones se iban tornando cada vez más infantiles y perversas, pues en todo cuchillo habita una promesa de aventuras, odios atávicos, cuentas por ajustar y altares donde expondrán el corazón de una virgen al cielo. Basta con tenerlo colgado en la cintura para sentir que estamos ungidos con las vestimentas de los ejércitos sanguinarios y siempre listos para extremas leyes de supervivencia.
Estuve a punto de caer en las poses de tu hermano Franco y comprar uno de submarinista, o de aceptar mi naturaleza violenta y elegir el modelo Sioux en la sección «cuchillos desolladores». Me transé por uno de barbacoas, el pacífico y estilizado Don Benito, con un mango que alguna vez fue el cacho de un venado enamorado. Por un tiempo fue mi compañero en las ceremonias pacíficas de un trinchador. Era un símbolo de paz, prosperidad y proteínas, pero tú insistías en irrespetar mi única exigencia:
—No lo metas en el lavaplatos eléctrico. El calor hará que se le afloje el mango.
Nunca pensé que sería un requerimiento tan difícil de entender y el pobre Don Benito terminó débil de cintura, la mayor ofensa que puede hacérsele a un toledano respetable.
Siempre he querido ser un bufón. No como esos enanos y jorobados que son guasones de segunda; mi modelo es Le Glorieux, el elegante y valiente bufón de largos crespos, quien en la corte de Carlos el Temerario sabía encontrar motivos de alegría en los temores de los valientes y en las locuras de los sabios. A través de sus ingeniosos juegos de palabras, reseñados por Sir Walter Scott, comprendí que el verdadero bufón es quien trincha la carne recién asada mientras diserta sobre mil temas. Los invitados siempre tienen hambre y Le Glorieux era espléndido con las porciones, comedido con las especies y bien dispuesto a reportar, lo que ningún noble se atrevía a balbucear mientras sostenía su afilado cuchillo de cacería en la mano.
Así de glorioso me sentía blandiendo mi Don Benito al trinchar un solomo uruguayo asado al carbón con sonrosada precisión de segundos, y demostrando a los averiados amigos de mis años más viles que la carne es el manjar con que se regalan los caudillos y siempre será mejor a cualquier droga. Esta idea, tan rehabilitadora cuando se suelta entre libaciones y el humo de la grasa, la acicalaba vertiendo con mi ovalada cuchara la sangre del animal sobre un arroz inmaculado y bajo de sal.
Será al final de la tarde cuando preguntaré como un Hamlet doméstico con tiempo y dudas para regalar: «¿Salir, o no salir? ¿Embestir las frías ofrendas de la noche o frotarse los pies bajo las sábanas de siempre?».
Es hora de la merienda. Cualquier hora es buena cuando hay helado de macadamia. Avanzo y abro la nevera. Me perturba la sumisión con que el interior pasa de la oscuridad a la luz y luego de vuelta a su hermético silencio de ultratumba. En los estratos superiores aún aguardan las bandejas que pensabas ofrecer a lo largo de tu fiesta de despedida. La nevera ha perdido su usual prestancia de fría rutina matrimonial y ahora se desborda irreconocible.
Esta plenitud se debe a que durante la ceremonia de aquella lejana noche de anoche, la última que pasaste en esta casa, los invitados a tu cena de despedida comieron muy poco al no resistir el aquelarre de miradas, contraseñas y tensiones. La primera, la más explícita y turgente, la provocó la manera en que tus arrogantes y competitivos pezones se iban notando tras la seda a medida que la brisa se hacía más fresca y procaz.
Más de uno habrá sugerido que mi intención era quedarme con suficientes provisiones mientras estás de viaje. Y tienen razón, pues fue mi entera culpa que tus amigos, sometidos a la presión de mis intervenciones, partieran antes de tiempo. No puede decirse que huyeran en estampida, pero sí en pequeñas manadas y con una engorrosa aceleración. Utilizaron la excusa de que en las impías noches caraqueñas hasta los profesores con bajos sueldos son secuestrables, pero ellos sabían que el verdadero peligro moraba en esta casa.
¿Cómo podía permitirles tanta frialdad ante mi tristeza, tantos besitos en los vecindarios de tus orejas? Para impedirlo fui distribuyendo una mirada de domador de leones, algunas frases dichas como quien rechaza las injusticias de la vida, un par de codazos genéricos a los que agarraban los pasapalos de a dos, un empujón a los más melosos, y una clara amenaza de tormenta especialmente dedicada a nuestro lúbrico director de la Escuela de Letras. Con ese arsenal logré acortar la reunión y solo llegaron a engullirse las primeras camadas de tequeños y algunas minilumpias.
Sé cómo ser un incalable. He aprendido a ajustar mis insultos al perfil del contrincante, según se incline hacia la confirmación de la sombra paterna o hacia una juventud irrecuperable; soy capaz de destruir un argumento sin importar que se base en meras quimeras o en rigurosos hechos recién comprobados; puedo inmiscuirme en la vida de las parejas en franco deterioro o en adulterios que apenas comienzan. Todos se incomodaban cuando me acercaba con una pregunta que exudaba mi repelencia al nuevo pénsum; resentían mi constante violación del espacio personal, la manera de colocarles la mano en el hombro y dejarla allí por más tiempo del que permite la etiqueta de un encuentro entre colegas.
Mediante esta cruzada contra las eminencias del profesorado nuestro hogar ahora se encuentra listo para resistir cualquier asedio. En la última de mis guaridas han quedado bandejas de quesos plisados en amplios círculos, capas de embutidos que van desde el morado mortuorio de labresaola hasta el rosado mate de la mortadela, todas en la misma formación solapada y centrífuga con que salieron de La Alicantina. Debajo de estos estratos están los cajones de latón blanco donde retozan las promiscuas lechugas acosadas por fálicos pepinos, y otra cosa: ¿para qué tanto perejil? Son las compras que hiciste para dejar provisto a tu marido por dos meses, que seguro irás extendiendo a un semestre, para luego sacar un doctorado en un irreversible «Para siempre».
Durante sus correrías proselitistas por la fiesta, el director jamás logró engañarme ni escabullirse. Yo sabía a qué venía y lo tenía en la mira. Pensé en envenenarlo cuando llegáramos a los dulces árabes, pues intuyo que la cicuta debe saber a pistacho. Quería que fuera una agonía lenta, con diarreas espasmódicas y esporádicas, de las que cesan por dos días pero luego te exprimen por diez, y unos equívocos exámenes de laboratorio que arrojarían divertículos errantes entre larvas asiáticas, y una muerte putrefacta como la de Herodes, a quien le daba cosquilla todo lo que tocaba, hasta tomar agua, y emanaba hedores por la lengua que alejaban del lecho mortuorio a las más abnegadas enfermeras.
Vi cuando el sujeto te saludó con un beso de mamífero que dejaría en tu mejilla un halo de baba brillante, mientras utilizaba como arbotante una mano en la base de tu cuello para que aguantaras primero el empuje y luego la succión. También lo pillé volviendo a servirte vino en una copa que aún estaba por la mitad, sugiriendo que quería desbordarte, o llenar lo que ya ha llenado, o estar dentro de ti. Son tan sugerentes y espirituosas las metáforas que contengan líquidos, sea el mar, las lágrimas, las crecidas, las mareas, los manantiales o unas gotas de rocío en la hoja de una bromelia. Y yo no hallaba dónde meter las manos que se arqueaban como si ya estuvieran alrededor de su garganta y luego en la tuya. Me avergüenza pensar que a la mañana siguiente toda esa iracunda pasión terminaría estrangulando un vacío pote de champú.
¿Qué tanto te costaba exhibir por una noche tu porte de señora honorable y revisar de cuando en cuando las miradas del mejor de los esposos, los estiramientos de mis cejas, las señales que mis dedos te hacían desde mis bolsillos? ¿Cómo te atreviste a aceptarle a mi rival medio tequeño? ¿Te costaba tanto tomarlo tú misma de la bandeja? ¿No entendiste que su intención era colocártelo directamente en la lengua? ¡Y tuvo la osadía de introducirlo! ¿Nunca le explicaste que tu marido es un agnóstico y no cree en la comunión? La otra mitad se la había tragado el omnívoro director y ya estaba hurgándose los dientes con la lengua.
Justo después de ese momento has podido rozarme por un instante, acercarte con un murmullo, ofrecer un guiño microscópico, un pensamiento involuntario, un gesto que al no tener el sombrío sello de tus resentimientos me permitiera murmurar: «¿Será conmigo? ¿Querrá confesar que aún me quiere?». Y yo podría haberle dado una dentellada a mi propio tequeño y exclamar en algún rincón de nuestro invadido hogar: «¿Hay como un sabor a esperanza en el fondo del queso blanco?».
Pero nunca habría de llegar la esquiva dicha de ese roce. ¡Cómo te repelía mi cuerpo con tan solo tropezarnos en el umbral de la cocina! ¡Qué denso puede ser el aire que respiramos cuando se acercan nuestros rostros! Ni siquiera viste cuando bebí de la copa de vino que tú dejaste sin terminar. La giré hasta encontrar el punto justo donde se derramó en tu boca, bebí hasta el fondo de los fondos y relamí una última gota que tenía el sabor de tus labios y de mis lágrimas más ocultas.
Luché por mantenerme adherido al reino de lo amable, lejos de toda rudeza social. Si logré algo de calma, es porque el amor agita los bríos, pero lo hace con tanta fuerza que desenfoca, aturde y, gracias a Dios, paraliza. Solo así pude representar con decoro el papel de un marido furioso pero contenido, y pude limitarme a unas cuantas embestidas erráticas, algunas incluso graciosas. Pero nunca calculé que mis agresiones podrían resultar tan radioactivas. Mi aspecto era tan lúgubre que todos advirtieron la presencia en la fiesta de un marido a punto de estallar y se marcharon haciendo más larga la noche que nos quedaba hasta la madrugada, cuando alcanzarías tu vuelo y comenzaría tu desaparición.