“La Jihad butleriana”. “La cruzada de las máquinas”. “La batalla de Corrin”. Una frustrante precuela de la obra de Frank Herbert

Ya te hablé antes sobre esta trilogía, precuela considerada indispensable del ciclo “Dune”.

Escrito con una mezcla más que razonable de “pericia” o “know how” con algo de auténtico talento (¿Quién se atreve a establecer las proporciones? Y después de todo, ¿qué tanto importan?) 
Y sin embargo...  Y a pesar de todo...  el resultado deja mucho que desear.

Los aspirantes a Frank Herbert nos cuentan los antecedentes “históricos” que dieron lugar a la radical prohibición de los cerebros electrónicos, al  auge del la “especie” o “melange”, a las bárbaras costumbres de los fremen, a la casta de los “Navegantes” (posible gracias al Campo Holtzman y al uso de la melange), a los “mentats”, a los “tleilaxu”, a las “benne geserit”, al surgimiento de Muad Dib entre los fremen y a su revolución intergaláctica.

En "La Yihad butletiana", el primer tomo de la trilogía,  nos cuentan las historias de Serena Butler,  Harkonnen y Vor Atreides. Ignorando muy ostensiblemente algunas convenciones y arquetipos literarios, el Harkonnen de esa época es, claramente, “de los buenos”. De su amor con Serena Butler, la hija del Virrey, nace un hijo pero lo hace cuando la madre es prisionera de Erasmo, un robot cercano al líder, Omnius. El niño es asesinado salvajemente y ello produce la chispa que da lugar a la “Jihad butleriana” que terminará poniendo fin al dominio de los robots sobre los seres humanos. En la liberación de Serena toma parte Vor Atreides, convertido a la causa humana después de haber sido educado por Agamenon, uno de los ciborgs que permitieron el ascenso al poder de las mentes cibernéticas y uno de los más implacables asesinos que haya visto la humanidad.
Por otro lado, nos cuentan la historia de los primeros habitantes de Arrakis, recolectores de especie, pacíficos descendientes de esclavos. Y la del primer “jinete de gusanos”.

En el segundo libro, “La cruzada de las máquinas”, siempre en el contexto de la Jihad Butleriana, nos cuentan la progresiva penetración de la “melange” en todo el mundo, la formación del pueblo fremen y el descubrimiento del “Campo Holtzman” que (aunque descubrimos que no fue mérito del tal Holtzman) permitió la generalización de los viajes interestelares.
Una historia apasionante y bien contada pero…
Encuentro unos cuantos errores de bulto en estas novelas.

Para empezar, algo que me parece un fallo conceptual significativo. Los ordenadores, supuestamente de una época muy avanzada, muy “inteligentes”, son sin embargo muy inferiores a los que tendremos dentro de muy poco tiempo y, de hecho, inferiores a los actuales. Porque no son capaces de prever las reacciones humanas, comprender a la humanidad, ni siquiera conceptualmente. Hoy se considera “standard” el test de Touring. Usted habla con alguien y haciéndole todas las preguntas que quiera debe determinar si se trata de un ordenador o de un ser humano. Y resulta que hoy en día ya son muchos los ordenadores que casi engañan a los más perspicaces interrogadores. Y se considera que muy pronto serán absolutamente indistinguibles de un ser humano, siempre juzgando por sus respuestas. Ninguno de los robots del ciclo de la Jihad, por el contrario, aprobaría ese test. De hecho, el tal “Erasmo”, supuestamente el mejor conocedor de los humanos, comete errores de bulto que podrían haberse solucionado incluso con una que otra lectura de los más elementos textos de antropología. Su desconocimiento de los rituales de apareamiento humanos, por ejemplo, roza lo ridículo.
Por otro lado, la idea de centenares, miles de millones de seres humanos esclavizados por los robots y obligados a trabajar para ellos, es absolutamente absurda. Más alla de las licencias de la CF. Simplemente, no es rentable mantener y alimentar seres humanos para tareas que realizarían de forma mil veces más rápida, precisa y eficiente máquinas especializadas.
Tampoco podemos pasar por alto la absoluta falta de una explicación a la conversión de todos los “cimeks” en monstruos sanguinarios. Ni la estulticia casi absoluta, caricaturesca, de los “Pensadores”, ciborgs con cerebros humanos conservados fuera de sus cuerpos originales durante más de un milenio.
O la contradicción más que evidente de Erasmo, un robot al cual Omnius, el robot “central” le permite una existencia independiente por sus supuestos logros en la experimentación de los humanos. Logros absolutamente inexistentes. Erasmo, tan estúpido como todos sus colegas, intenta “comprender” los sentimientos humanos (¿para qué) torturándolos de las más variadas maneras posibles. Eso, su inexplicada y inexplicable “curiosidad”, lo llena de gran satisfacción. Por supuesto, nunca lee un libro sobre sicología.
Decepciona un poco, en cualquier historia, encontrarse con “super-sabios” idiotas y mega-ordenadores subnormales.
También cabe destacar que hasta el final de este segundo tomo, los Harkonnen y los Atreides son grandes amigos.

En el tercer tomo de la trilogía, “La batalla de Corrin”, nos cuentan la historia de los primeros “Navegadores” que, gracias a enormes dosis de melange, acceden a la “presciencia” para evitar las antes de ellos frecuentes catástrofes en la navegación espacial. Y la de los “Mentats” (el primero de los cuales resulta ser un humano “criado” por uno de los principales robots, Erasmo.  Y la del nacimiento de las “Honoratas Madres” quienes, por cierto y a mi entender, terminaron involucionando, porque las hechiceras de Rossan eran mucho más poderosas. Y por supuesto, la del conflicto que surge entre Harkonnen y Atreides, que marcaría indeleblemente el resto de la saga. 

¿Mi impresión, mi veredicto (irrelevante y subjetivo, desde luego)? Esta precuela no está a la altura de la saga. Y sobre todo, por supuesto, no a la de “Dune”, la historia original. Evidentemente, la historia de la Jihad butletiana “se deja leer” porque hay dos escritores de mucho oficio que han trabajado sobre un material extraordinario. Cualquier escritor profesional haría una buena historia con esos mimbres. Pero Frank Herbert debe estar retorciéndose en su tumba.