"Mapa literario de la América profunda".

El próximo mes de noviembre se publica 'El consejero' de Cormac McCarthy, novela que además de suponer uno de los acontecimientos del invierno, alimentará, sin duda, el llamado gótico americano, ese género que en realidad no deja de ser un retrato de la América profunda. Puede que la historia la escriban los vencedores, pero cuando se trata de glosar su vida en libros, la estética (y ética) del perdedor gana con creces a la cultura del triunfador que EE.UU. lleva años tratando de exportar: hasta un millonario como Jay Gatsby cae mejor si las cosas no le van bien.



La literatura norteamericana ha hecho de esos perdedores todo un género literario que retrata una América rural, sin futuro y en la que el “american dream” es tan inalcanzable que parece un espejismo. Tiene sentido que esos personajes desposeídos calen hondo, máxime en tiempos de crisis: baste con pensar en la cantidad de veces que se ha mencionado en 'Las uvas de la ira' de John Steinbeck como novela paradigmática de la gran depresión del 29. Pero si la economía (y los tiempos) han cambiado, también lo han hecho los personajes del gótico americano, que con el cambio de siglo han sufrido sutiles transformaciones que sirven para trazar una intrahistoria de esa América que se tiene que conformar con las sobras del sistema.

El mapa literario de la América profunda se empezó a escribir casi al tiempo que se independizaba el país, con autores como Sherwood AndersonMark Twain o Frederick Douglass (ex-esclavo que describió en su autobiografía el lado más oscuro y sórdido de la historia de EE.UU.). Pero es en las décadas de los 40 y 50 del pasado siglo cuando los pueblos más olvidados del país pasan a convertirse en el eje de la narrativa norteamericana, gracias a la prosa de William FaulknerCarson McCullers o Harper Lee, que preferían al antihéroe como protagonista absoluto de sus obras. Leyéndoles se puede obtener una visión poliédrica de la sociedad de la época: conservadora, racista, recelosa... una sociedad blanca, cristiana y heterosexual, en definitiva, capaz de condenar a cualquiera que amagara con traspasar la línea. Son obras que oscilan entre la crítica hecha desde la inocencia ('Matar a un ruiseñor',de Harper Lee) al drama psicológico (Carson McCullers) y que tienen un gran protagonista silencioso: el sur. La otra gran característica es la de unos personajes que parecen tener tan sólo dos salidas: callar y guardar las apariencias, o huir aunque sea para hacerlo con los pies por delante. Hasta en las obras más descarnadas de Faulkner parece que la rebelión se paga con el ostracismo o la muerte. “Esto es lo que hay, y resistirse es inútil”, parecen querer decir sus autores, por más que sus criaturas no tiran la toalla a la hora de buscar la anhelada integración (en 'Al este del Edén', de Steinbeck, los hermanos protagonistas son las dos caras de una misma moneda, y mientras uno se engaña a sí mismo, el otro, sabiendo que la lucha es inútil, no duda en enfrentarse a lo que se espera de él).


El panorama cambia con el paso del tiempo: Tennessee Williams, que desarrolla su obra para el teatro, se atreve a dejar que esos personajes que no se conforman con acatar las normas tengan victorias esporádicas, por pírricas que sean y aunque el desenlace termine por ser fatal. Ya  no se conforman con la clandestinidad, con llevar una doble vida o con tratar de complacer: no buscan más que su propia satisfacción, pese a quien pese (Hannah, en 'La noche de la iguana' es el caso más paradigmático). El salto definitivo, y sin red, lo dan Cormac McCarthy o, más recientemente, Donald Ray Pollock: los protagonistas de sus páginas ya no buscan siquiera la integración en una sociedad que los ningunea (ahora incluso tienen nombre, el despectivo “white trash”), menos aún la redención. A menudo incluso se entregan a una vida delictiva sin remordimiento alguno, tal vez porque se saben parias, como el Willard Russell de 'El diablo a todas horas', entregado a sangrientos rituales.

Aquí (ahora) ya no importa tanto el retrato de la sociedad (más individualista y obsesionada con el éxito que con las apariencias y el recato, como la de sus predecesores) como el retrato psicológico e incisivo. Si Steinbeck ('Al este del Edén') o McCullers ('El corazón es un cazador solitario') apostaban a menudo por el retrato psicológico, los autores que ahora miran a esa América profunda no se conforman con asomarse al interior, sino que prefieren meter echar sal en la herida, poner a sus antihéroes en el límite, ver hasta dónde pueden llegar... porque el viaje aún no ha terminado