Fragmento de “La escribana del viento”, la nueva novela de Ana Teresa Torres

Publicado originalmente en "Prodavinci": Aquí tienes el enlace. 

Este es el primer capítulo de "La Escribana del viento", la nueva novela de Ana Teresa Torres, que será presentada en el marco de la Feria del Libro de Baruta de este año, por la Editorial Alfa. El libro estará a la venta en librerías a partir del lunes 18 de noviembre.
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La_Escribana_300Consideraciones sobre la pertenencia
El mundo escrito gira siempre alrededor de la mano que escribe
en el lugar en el que escribe: donde tú estás, está el centro del universo.
Amos Oz
No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza.
La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.
Juan Gelman
Dios mío, ten piedad del errante,
pues en lo errante está el dolor.
Heberto Padilla
El exiliado deplora las patrias. Rehúye escisiones. Se encamina hacia el instante.
Rafael Cadenas
El viaje del niño es volver a la tierra natal, la nostalgia que hace al hombre
un ser que tiende a volver al punto de partida para apropiarlo y morir allí.
El viaje de la niña es más lejos, a lo desconocido, a inventar.
Hélène Cixous
Para recordar
Tuve que partir.
Cristina Peri Rossi
Primer testimonio de Ana Ventura
Es el viento, decía, el viento y la arena me han enceguecido. A veces la sentía atemorizarse por las manchas oscuras de los zamuros que revoloteaban sobre un chivo muerto y cruzaban frente a nosotras cuando nos sentábamos a la sombra. Ella en su silla de palo y sisal; yo, a la mora, bajo el cují. Así escribí su vida.
En 1664 ocurrieron estos acontecimientos que comienzo a relatar; tenía entonces trece años. Mi nombre es Ana y fui la séptima de los ocho hijos de Luis Ventura y Rosa Enríquez. Mi abuelo era Diego Enríquez, un médico que había enseñado a sus cuatro hijas a leer y escribir y recitar los salmos de David. Mi madre, por ser la mayor había aprendido con él algunas artes de curación; también mi padre en su juventud quiso estudiar medicina pero no tuvo ni el dinero ni la oportunidad. Los Ventura vivían en Toledo frente a la torre alta del alcázar, que llaman de santa Leocadia, en una casa habitada por dos familias; una, la de mi abuelo Ricardo, comerciante de tejidos, y la otra de Alfonso Moreira, platero. Las mujeres, decía mi padre, eran amigas y se ayudaban para lo que hiciese falta en la cocina y con los niños. Estaban todos en paz hasta que, enemistada con ellos, una vecina envidiosa compareció ante los inquisidores para acusar que a los Ventura y los Moreira ella los había visto muy acicalados un sábado, y en cambio el domingo no tanto. Declaró también que los había escuchado hablar de David y de Jacob, y del rey faraón, y que volvió el sábado siguiente para estar más segura y los encontró otra vez muy aseados y con huellas de haber comido carne en la vigilia del viernes porque todavía se veían restos de la gallina en el puchero. Y más aún, que a la caída del sol se daban cita muchas personas que entraban de dos en dos, como escondiéndose, para rezar en voz baja oraciones que terminaban en aleluya. Y que ella les ofreció algunos sabrosos pedazos de la matanza y no los comieron.
Mis abuelos Ventura decidieron desaparecer de Toledo y viajaron a Sevilla para desde allí embarcar a la Nueva España. Decía mi padre que los judaizantes se valían de muchos recursos para lograr la autorización del viaje, como cambiarse de nombre o comprar falsos permisos. Aunque nunca mencionó cuáles emplearon ellos, lo cierto es que llegaron a México donde hicieron amistad con los Enríquez que habían estado por generaciones en aquella tierra, a la que se habían trasladado muchos judíos de Portugal huyendo de la Inquisición. En casa de mis abuelos Enríquez se reunía una comunidad bastante grande a practicar sus ritos que eran una mezcla porque creían en la salvación, tenían sus propios santos, como santa Ester y san Tobías, no circuncidaban a los varones y asistían a misa; sin embargo ayunaban, no comían el cerdo y celebraban el día puro. A fin de anunciar los rezos mandaban a un niño esclavo tocando tambor hasta que en una oportunidad fue detenido, y sometido a tortura los delató. A raíz de la confesión de aquel niño se prohibió la entrada de los portugueses a Nueva España y se llevaron a cabo varios autos. No sufrieron daño en esas persecuciones pero, decía mi madre, que tenían en la mira a mi abuela Prisca y todos juraron que, en caso de arresto, negarían su origen. Así vivieron hasta 1649, cuando tuvo lugar un auto general que llamaron el Auto Grande porque perecieron en la hoguera más de cien personas, entre ellas gran parte de mi familia. Después del quemadero mi padre pensó que debían escapar a Curazao.
En la travesía mis padres y mis hermanos naufragaron frente a las costas de la provincia de Venezuela, y lograron alcanzar en botes el puerto de La Vela de Coro. La nave no quedó en condiciones de continuar y se resignaron a permanecer allí por un tiempo. En La Vela no había poblados sino apenas algunos desembarcaderos de pescadores y les aconsejaron que se fueran a la ciudad donde encontrarían más posibilidades de supervivencia por el comercio de cueros y sal. Como el paso desde el puerto a la ciudad es bastante corto y sin dificultades se trasladaron a Coro y se quedaron con sus seis hijos; luego nací yo y después mi último hermano, Pablo. Mi padre desempeñó en su vida varios oficios: zapatero, ropavejero, platero, sepulturero de judíos y contrabandista de sal y de palo brasil, una planta de la que se extrae tintura roja y se vende a altos precios en España. Vivió siempre con el horizonte en Curazao, que nunca pudo alcanzar. La isla había pasado a ser posesión de los holandeses y era puerto de refugio para la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, de modo que allá se dirigieron muchos judíos desde Amsterdam para instalarse como colonos, y construyeron una sinagoga y un cementerio. Algunos viajaban a comerciar a Coro y con ellos mi padre había entablado relaciones para cuando todos nos fuésemos. Eso decía mi padre que sería lo mejor para nosotros.
Después de su muerte mi madre viajó a Curazao con los mayores y nos dejó a los dos pequeños en Coro, repartidos en manos de la caridad ajena, con la esperanza de volver a llamarnos y reunirnos con nuestra familia. Nunca lo hizo. A Pablo tampoco lo vi más. Coro era entonces una ciudad muy pobre, no había más de cincuenta blancos contando los que vivían en los hatos; tanto así que fue necesario legitimar a los mestizos y clasificarlos como blancos para que ocuparan cargos municipales, y más destruida quedó cuando la invadieron los piratas ingleses en 1659. El gobernador de Jamaica envió tres fragatas bajo el mando de un tal Christopher Myngs para que asolaran Cumaná y Puerto Cabello; en sus correrías llegaron también a Coro y prendieron fuego a la capilla de San Clemente y al convento de San Francisco. La catedral, que tiene el techo de paja, ardió toda a excepción de la capilla mayor que es de bóveda. Todavía quedaban astillas del incendio en los rincones cuando comencé de criadita a cambio de la comida y un jergón; trabajaba todos los días menos los domingos, que estudiaba el catecismo por mandato del padre deán y copiaba para él las partidas de bautismo y matrimonio en el libro parroquial.
Una mañana estaba yo arrodillada limpiando los suelos, poco antes de la misa, cuando me llamó la atención una mujer que rezaba en la oscuridad de la nave principal; aún no había llegado nadie y el sacristán no había encendido los cirios. Nunca la había visto, por lo menos no la recordaba, me acerqué en silencio y esperé a que dejara de rezar y levantara los ojos. Cuando lo hizo me pareció que me miraba con curiosidad y pensé que quizás se trataba de una mujer principal que buscara sirvienta porque en la ciudad había pocas esclavas o eran muy costosas. Tomando valor me dirigí a ella y le dije que si necesitaba sirvienta yo podría ser buena porque por ser libre no tendría que comprarme, y estaba acostumbrada a trabajar mucho y comer poco. La mujer me sonrió y siguió rezando, y como yo no me retiraba me habló para decirme que no necesitaba a nadie a su servicio, pero que lo pensaría. No la volví a encontrar durante varias semanas, aunque estuve muy pendiente de su aparición, decidida a no perder la oportunidad de irme de la catedral donde sufría muchas penurias y tristezas por el exceso de tareas y la poca compañía.
Por fin una tarde volvió. Estaba segura de que había venido a buscarme porque no entró a rezar, sino que permaneció afuera sentada en un muro a un costado de la iglesia. Yo había salido a botar el agua sucia y ella me hizo señas para que me aproximara. Supe entonces que se llamaba sor Juana de los Ángeles y que quería fundar una orden con otras monjas para retirarse a las soledades de Paraguaná y dedicarse por entero a la oración interior y al amor de Dios como Teresa de Jesús. El padre deán me había hablado de aquella santa y de que esperaba con mucha curiosidad que llegara a Venezuela el libro de su vida escrito por Francisco de Ribera, un jesuita que había sido su confesor, para saber si era cierto que era descendiente de conversos como decía la Inquisición. También hablaba el padre deán de los muchos trabajos que había llevado la monja para fundar sus conventos, y por eso le pregunté a sor Juana si tenía licencia de fundación; se rió y me dijo que no quería nada con los poderes de la Iglesia. Entonces me propuso irme con ella, que era lo que yo estaba esperando.
— Soy hija de marranos. Y no estoy bautizada.
— ¿Eso es lo que te preocupa? Pues lo arreglamos enseguida.
Me arrastró al interior, me agachó la cabeza en el bautisterio y me preguntó cómo me llamaba, y a la vez que me mojaba el pelo con el agua de la pila pronunció con mucha solemnidad:
— Ana, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Ya estás cristianada.
No me había imaginado que pudiera ser tan fácil, y no estaba muy segura de que aquel bautismo fuera de verdad, pero eran tantas las ganas de dejar el servicio de la Catedral que me contentó mucho ser cristiana bautizada y fundar una orden de oración. No me sería difícil ser monja, le dije, porque había aprendido bastante del rito católico y sabía leer y escribir.
— Es el único legado que tengo de mis padres, aunque ese conocimiento no me ha servido nunca para ganarme ni un plato de comida.
— Es una gran herencia –me contestó–. Pocas mujeres que yo haya conocido eran letradas.
— ¿Cuándo nos iremos? –le pregunté ansiosa.
— Cuando sea oportuno vendré a buscarte; no debes ser impaciente.
Esa noche me retiré temprano a mi jergón sin esperar las sobras de la cena que me daba el ama de llaves, y le agradecí a Dios la suerte que me había deparado. Estaba segura de que mi vida cambiaría para siempre, aunque no imaginaba entonces de qué manera. Se decía que la península de Paraguaná era un lugar muy inhóspito y muy insalubre porque allí mandaban a los enfermos a que sanaran o a que murieran, y eran pocos los blancos que se adentraban, salvo algunos dueños de hatos que visitaban sus propiedades de vez en cuando. Nunca había hablado con alguien que viniera de la península, y muchas veces escuché al padre deán compadecerse del destino de los curas de doctrina que vivían en San Nicolás de Moruy y en Santa Ana, al parecer los únicos poblados cristianos. Los indios no eran hostiles pero ellos pasaban mucha miseria y soledad.
A partir de ese día no pensé en otra cosa que no fuese el momento de mi partida. Al fin y al cabo no sería peor que esto
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