Historia de la Ciencia Ficción: los orígenes (I)

Publicado originalmente en "La antigua Biblos". Aquí tienes el enlace.

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¿Quién “inventó” la Ciencia Ficción? ¿Cuándo y cómo nace el género? ¿Cuál es el primer relato de Ciencia Ficción que podemos considerar verdaderamente como tal? ¿Se escribía literatura de Ciencia Ficción en la Grecia clásica o en la antigua India? ¿Fue la creación de una mujer? ¿Quién le puso este nombre? ¿Quién decidió qué forma tendría la Ciencia Ficción moderna? ¿Cuándo tuvo lugar su edad de oro? ¿Cuándo su era clásica? ¿Por qué el género perdió su prestigio literario durante la primera mitad del siglo XX? ¿Por qué sus premios más importantes se llaman como un personaje al que algunos consideran de entre las peores calamidades que le hayan sucedido al mundillo? ¿Por qué la Ciencia Ficción estadounidense y británica han dominado el cotarro? ¿Por qué la Ciencia Ficción rusa es, comparativamente, tan seria y adusta?
Son muchas preguntas y más que se podrían formular. Especialmente teniendo en cuenta que la Ciencia Ficción es un género aparentemente muy popular, como deduciría uno contemplando las recaudaciones de según qué películas (que para colmo no siempre son verdadera Ciencia Ficción, sino a menudo horror, aventura o mera fantasía disfrazadas como tal) pero en realidad mucha gente conoce el género únicamente de manera superficial, no pocas veces casi exclusivamente a través del cine o la televisión. Podríamos citar unos cuantos ejemplos de películas o programas televisivos muy exitosos que causan la impresión más bien equivocada de que la Ciencia Ficción es un fenómeno masivo. Pero si se formulase entre la gente la pregunta “¿qué es la Ciencia Ficción?” quizá nos toparíamos con que tienen bastantes problemas para contestar, por más que los más aficionados al género sí tengan una respuesta clara o al menos una fórmula de consenso a la que recurrir. Y es que se trata de un género eminentemente literario que nació, creció y alcanzó la madurez en formato escrito; en cierto modo es un “famoso desconocido”. El cine, la radio, la televisión o los cómics se limitaron a acompañar y adaptar —no pocas veces con retraso— las ideas que la Ciencia Ficción literaria manejaba ya bastante antes. Muchos de los espectadores de grandes éxitos cinematográficos apenas han leído Ciencia Ficción escrita y menos de las épocas clásicas, lo cual produce una visión distorsionada del género. Tal vez recorriendo la historia de esa Ciencia Ficción escrita podamos conocer mejor ese género, comprender de dónde viene, cómo se gestó, qué cambios fue experimentando y por qué hoy es como es.
Hay algo de lo que estamos seguros: desde siempre han existido mentes creativas que trataban de imaginar una realidad física alternativa. Otros mundos, máquinas sorprendentes, seres extraños; así como los misterios inasequibles del firmamento, del fondo del mar, del interior de Tierra o incluso del interior del cuerpo humano: todos ellos han sido temas fantaseados desde muy antiguo. Ni siquiera las posibilidades del progreso científico y tecnológico son objetos de reflexión exclusivos de la época moderna. Sin embargo, no a causa de ello podemos afirmar alegremente que la Ciencia Ficción ha existido “desde siempre”.
El relato fantástico, al que distinguiremos de la Ciencia Ficción porque el resorte fundamental de su argumento no es producto de una reflexión acerca de los efectos de la ciencia y tecnología sobre la existencia humana, sino de una divagación libre que utiliza la “magia”, o sea los procesos no científicos, como Deus ex machina. Dicho de otro modo, no es lo mismo hablar de monstruos de tres cabezas sin explicar el por qué de su existencia o atribuyendo la misma a causas sobrenaturales (literatura fantástica), que hablar de monstruos citando una posible causa científico-tecnológica de su existencia (Ciencia Ficción). La fantasía sí es un género que existe prácticamente desde que nació la propia literatura. Algunos ejemplos son universalmente célebres. La Odisea de Homero, que data del siglo VIII a.C., narra hechos fantásticos que en algún caso pueden parecerse a los de ciertos relatos que actualmente consideramos Ciencia Ficción. Pero, ¿significa eso que hablamos de que la Ciencia Ficción es un género con 2700 años de antigüedad? Evidentemente, no. La Odisea es uno de los relatos más influyentes de la historia de la cultura escrita, desde luego, y también ha tenido su influencia sobre la Ciencia Ficción moderna. Pero en la Odisea el motor de la acción no es producto de la elucubración científica. Es un relato de pura fantasía, no el intento de hacer un retrato medianamente verosímil de cómo sería el mundo, o una parte de él, a resultas de algún avance tecnológico o científico. Así que ya sea la Odisea, los poemas épicos mesopotámicos sobre Gilgamesh, la descripción de la Atlántida de Platón, el Ramayana, el Mahabharata, los escritos de Ovidio, las Mil y una noches… estos y otros relatos pueden contener algunos elementos similares a la Ciencia Ficción, pero no tienen el avance científico y tecnológico como hilo conductor ni como elemento catalizador del relato.

Luciano de Samosata, en torno al año 150 d.C., escribió sobre los habitantes de le Luna.
Eso no significa, como decíamos, que desde muy antiguo no se hayan escrito historias sobre máquinas voladoras, artefactos tecnológicos avanzados, autómatas, habitantes de otros planetas, viajes en el tiempo, etc. Pero estas invenciones solían constituir mero atrezzo para argumentos basados en la fantasía. Un caso interesante es la Historia vera de Luciano de Samosata: fue escrita en torno al año 150 d.C. y narra las aventuras de un hombre que viaja nada menos que a la Luna. Allí se topa con los extraños habitantes de nuestro satélite y es testigo de sucesos tales como guerras interplanetarias, que así, de primeras, englobaríamos dentro de la Ciencia Ficción. Pero la ciencia poco tiene que aportar en Historia vera, un relato de aventuras que se desarrolla sobre otro planeta pero que más allá de ese detalle apenas puede encajarse en lo que entendemos como “Ciencia Ficción”. El protagonista de Historia vera viaja a la Luna no por causa de algún adelanto tecnológico medianamente plausible, sino arrastrado por una tromba de agua, un extraño accidente natural sin intervención tecnológica humana. No deja de ser un relato fantástico que tiene algunos temas coincidentes con los de muchos relatos modernos. Existen otras obras de corte similar en épocas posteriores pero aún previas al nacimiento del género, como El hombre en la luna de Francis Godwin o Micromégas deVoltaire 
Unos 1500 años después del relato de Luciano de Samosata, el célebre astrónomo Johannes Kepler escribió también una obra sobre un hombre que viaja a la Luna y esta vez sí se incluían algunos datos científicos, al menos en la descripción física de nuestro satélite. En su relato, titulado Somnium, Kepler se apoya en los registros científicos para imaginar cómo era la superficie de la Luna. Algunos de esos datos eran producto de sus propias observaciones astronómicas y siguen siendo bastante correctos incluso hoy en día. Así pues, enSomnium hay algunos elementos de corte puramente científico. ¿Hablamos, pues, del primer relato de Ciencia Ficción? La verdad es que tampoco. Analizando la trama principal nos damos cuenta de que aquí tampoco es la tecnología o la ciencia lo que constituye el motor principal de la historia. El protagonista deSomnium visita la Luna por la acción de unos espíritus —no culpemos a Kepler, lo de imaginar cohetes interplanetarios no resultaba tarea fácil para un hombre de su tiempo— así que la premisa principal no se explica con una mínima intención de verosimilitud científica. Los datos científicos aportados por Kepler forman parte del apartado descriptivo y paisajístico, meras mediciones del mundo natural agregadas al relato, pero no forman parte de la trama, no constituyen el motor de la acción. Somnium sigue siendo un relato de pura fantasía como Historia Vera y parece que a Kepler solamente le interesaba reflejar ciertos datos astronómicos en un relato fantástico, pero sin calentarse la cabeza teorizando sobre un modo científicamente plausible de alcanzar la Luna. Así pues, Somnium no es Ciencia Ficción sino, como mucho, fantasía con toques naturalistas.
Algo similar ocurre con Cyrano de Bergerac y su obra El otro mundo. Cyrano hablaba entre otras cosas de máquinas capaces de aprovechar la energía solar, todo un logro de creatividad. Pero también sus ocurrencias tecnológicas eran mero atrezzo, si bien interesante, en mitad de un relato que tampoco trascendía la fantasía tradicional. En una época donde la gente aún no tenía la percepción de que el progreso científico estuviese modificando rápidamente sus condiciones de vida, los efectos de dicho progreso todavía no eran un motivo de preocupación y por tanto no constituían el objeto último de los esfuerzos literarios. La relación entre literatura de ficción y ciencia era superficial. Como mucho, la literatura podía reflexionar sobre la ciencia en su conjunto de modo crítico, a favor o en contra. Los viajes de Gulliver deJonathan Swift hacía una reflexión irónica sobre la ciencia. En sentido contrario, la Utopía de Tomás Morodescribía un mundo ideal gobernado de manera racional, anticipando algunos elementos de la Ciencia Ficción de corte social. Pero estos relatos, productos de la era racionalista, reflexionaban acerca del papel que la ciencia debería cumplir en la sociedad, no sobre los efectos propiamente dichos de la ciencia aplicada. Seguía faltando el elemento catalizador científico y tecnológico como motor de la acción. Lo mismo sucedía con la curiosa obra El año 2440 de Louis-Sébastien Mercier, donde el protagonista visita en sueños un mundo futuro caracterizado por la veneración a la ciencia, en el que a todos los niños se les regalan telescopios o microscopios, y donde se fomenta con entusiasmo el conocimiento experimental. Es decir, es otro relato que en realidad se limita a hacer apología de un mundo fascinado por la ciencia como principal característica de una sociedad gobernada por la razón. Estas obras racionalistas contienen algunas características propias del género tal y como lo entendemos hoy, especialmente de la Ciencia Ficción social y utópica (término este último que evidentemente deriva del título de la obra de Tomás Moro). Pero aún se basaban en la pura fantasía libérrima de modo no muy distinto a la Historia Vera.
En este punto, nos hemos dado cuenta de que para poder hablar de Ciencia Ficción propiamente dicha —al menos desde la definición más consensuada, aunque podríamos dedicar otro texto a discutir esa definición— necesitamos un relato donde los avances científicos y tecnológicos sean el resorte fundamental de la acción. Tal cosa no llegaría hasta principios del siglo XIX, cuando el progreso tecnológico se aceleraba de tal modo que el ciudadano medio no podía evitar darse cuenta de que su vida estaba resultando afectada. Por primera vez en la Historia, la ciencia empezaba a preocupar de verdad al común de los mortales. Aquel, casualmente, fue el momento en que la Ciencia Ficción conoce su verdadero nacimiento. Y curiosamente, o quizá no tanto, el hecho no se produciría en la pluma de un sesudo académico con barba y antiparras, sino de una brillante jovencita que apenas acababa de abandonar la adolescencia.
El Big Bang de la Ciencia Ficción
“Irónicamente, el ‘padre’ de la Ciencia Ficción puede que haya sido una mujer de veinte años” (Isaac Asimov)

Mary Shelley alumbró la Ciencia Ficción a los dieciocho años de edad.
Así lo decía el famosísimo autor  en el prólogo de una de sus recomendables recopilaciones de escritores pioneros de la Ciencia Ficción. Refleja la opinión generalmente aceptada de que el género como tal nació con la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, publicada en 1818. Si bien por entonces no existía un nombre para denominar a este nuevo género, importantes estudiosos consideran que esta es la verdadera primera novela de Ciencia Ficción. Aunque concebida inicialmente como historia de terror —parece que Shelley se inspiró en un sueño— Frankenstein o el moderno Prometeo describe las posibles consecuencias de unos experimentos científicos que estaban muy de boga en aquellos tiempos: el galvanismo, o el uso de la electricidad para darle movilidad a miembros de animales muertos. La ciencia de entonces sugería que la electricidad podría terminar utilizándose algún día para revivir a los difuntos, así que la jovencísima Mary Shelley aplicó esta idea en su relato, elucubrando sobre un posible desarrollo futuro del galvanismo (hoy sabemos que su predicción no se cumplió, pero en su tiempo resultaba perfectamente razonable como hipótesis). El argumento de la historia se ajusta a lo que por entonces se consideraba científicamente plausible, o al menos científicamente imaginable. En Frankenstein, la ciencia y la tecnología son los desencadenantes y protagonistas de un argumento que reflexiona precisamente sobre las posibles consecuencias de su uso y abuso. La acción ya no estaba impulsada por un resorte fantástico, sino por un resorte científico. Mary Shelley había alumbrado así todo un nuevo género, pero eso no significa que ese género se estableciese de inmediato. La eclosión definitiva de la Ciencia Ficción a nivel popular no se produjo hasta varias décadas después, y de hecho Mary Shelley tuvo que esperar bastante más de un siglo para que los estudiosos de la Ciencia Ficción se pusieran de acuerdo en reconocerla como la madre de todo el invento. Mientras tanto, otros se llevarían los laureles.
En 1863 empezó a publicar sus novelas un escritor francés llamado Jules Verne. Cultivó varios géneros, entre ellos la aventura, pero en relatos como Viaje al centro de la TierraDe la Tierra a la LunaVeinte mil leguas de viaje submarinoLa isla misteriosa y otros tantos libros de todos conocidos, Verne llevó la Ciencia Ficción a las manos de miles de ávidos lectores y se convirtió en el gran difusor del género creado por Mary Shelley. También utilizaba el avance científico y tecnológico como resorte fundamental de muchas de aquellas historias. Ni que decir tiene que su enorme éxito y la inmensa influencia literaria de su trabajo lo convirtieron en el escritor de Ciencia Ficción más importante del siglo XIX. Si Shelley fue la responsable del nacimiento del género, podemos considerar al francés como el responsable de su establecimiento definitivo. Después de Verne ya no había vuelta atrás: la Ciencia Ficción había llegado para quedarse.
Treinta años después del debut literario de Verne y cuando el francés aún estaba vivo, el británico H.G. Wells terminó de redefinir las características de la Ciencia Ficción moderna destapándose con legendarios relatos como La máquina del tiempoLa isla del doctor MoureauEl hombre invisibleLa guerra de los mundos,El alimento de los dioses o la más ambigua Los primeros hombres en la Luna. El impacto que producían sus relatos ayudaron a extender el género más allá de la aventura verniana, ya que las reflexiones sociales, políticas y existenciales de las novelas de Wells señalaron uno de los más importantes senderos a seguir por los futuros autores de Ciencia Ficción. Se lo puede considerar con toda justicia el otro gran puntal del siglo XIX.
Durante finales de ese mismo siglo XIX y principios del XX, otros escritores célebres coquetearían también con el género, aunque fuese en ocasiones de manera anecdótica. Citar nombres como Edgar Allan Poe,Edgar Rice Borroughs, Guy de MaupassantArthur Conan DoyleHerman MelvilleJack LondonE.T.A. HoffmannEdward Bellamy, etc. Una lista imponente, de hecho. El género todavía no tenía un nombre propio, era referido con denominaciones diversas como “fantasía científica”, “romance científico” y otras que irían variando con el paso del tiempo. Además de los autores que escribieron Ciencia Ficción tras la estela de Verne y Wells, hay algún caso interesante como del de H.P. Lovecraft, cuyo trabajo es más bien terror fantástico, pero que no solo reflejó ciertas influencias científicas —Lovecraft era aficionado a la astronomía, por ejemplo, y sin duda leyó Ciencia Ficción— sino que también influyó en la Ciencia Ficción posterior, aun sin ser realmente un practicante “legítimo” de la misma.
Como hemos visto, la Ciencia Ficción se originó en Europa pero los Estados Unidos rápidamente se convertirían en los más entusiastas creadores y consumidores del planeta. En los EEUU, el género se expandió con mucha rapidez y atrajo la atención de todo tipo de literatos hasta el punto de que el país no tardó en establecerse como la primera potencia mundial en producción de material, seguidos a distancia por el Reino Unido. También estaban Francia y Alemania, aunque de manera más minoritaria se hacía Ciencia Ficción en prácticamente toda Europa.

Jules Verne y H.G.Wells, los dos pilares fundamentales de la Ciencia Ficción del siglo XIX.
Un caso aparte es el de Rusia. La influencia de los escritores occidentales de Ciencia Ficción, muy especialmente Verne y Wells, fue intensa en determinados círculos literarios de la Rusia zarista. Surgieron nombres relevantes comoAlexander KuprinIlia EremburgAlexei TolstoiValentin Kataev, etc. Especialmente célebre fue Alexander Beljaev, famoso entre otras cosas por una delirante anécdota: la preocupación que causó años después en el Pentágono su viejo relato La guerra en el éter, que algún mando militar norteamericano decidió ver como una posible anticipación de un ataque con misiles soviéticos (en el Pentágono, al parecer, removieron cielo y tierra para hacerse con un ejemplar, en lo que más bien parece una secuencia digna deDr. Strangelove). Beljaev fue uno de los grandes autores no occidentales de Ciencia Ficción pero tuvo una vida bastante accidentada y, muy lamentablemente, murió de hambre durante la ocupación nazi de su ciudad en plena II Guerra Mundial. En conjunto, los escritores rusos siguieron estando muy influidos por Verne y Wells incluso cuando en los EEUU el género estaba empezando a disgregarse hacia nuevas direcciones, muy especialmente la aventura y los límites con la fantasía. En Rusia se decantaban más por lo que hoy llamaríamos Ciencia Ficción “dura”, esto es, más aferrada a la verosimilitud científica. También la Ciencia Ficción utópica tenía una representación importante allí, nada extraño en un país que estaba incubando severas transformaciones sociales. Estas tendencias, todo hay que decirlo, se acentuaron considerablemente tras la Revolución de 1917. Es bien sabido que el nuevo régimen soviético hacía bandera de su concepción materialista del mundo y bajo el goberno de los soviets ya no se veía con muy buenos ojos los relatos donde hubiese demasiados elementos fantasiosos. A causa de ello, en la URSS siguió predominando la Ciencia Ficción “dura” de corte tecnológico, social y utópico, con pocas (aunque algunas) excepciones. Por ejemplo, apenas se produjo aventura espacial de la que terminaría plagando las publicaciones norteamericanas: aunque la hubo, fue más bien escasa. Pero ya sabemos que no hay acción sin reacción. Como respuesta al materialismo imperante y en buena medida impuesto, surgió otra corriente característica dentro de la Ciencia Ficción soviética: la filosófica, que trataba de explorar la vertiente más humana y, por así decir, “espiritual” del género en un país donde lo espiritual tenía ya poca cabida. Si se les impedía desarrollar la vena fantástica en sus relatos, los autores soviéticos siempre podían refugiarse en las divagaciones filosóficas abstractas. La URSS siguió siendo una buena productora de material con autores más que notables, pero el aislamiento del país y los condicionantes estilísticos a los que el régimen constreñía el género dificultaron que la Ciencia Ficción ruso-soviética tuviese el peso que quizá merecía tener en la evolución global del género durante la primera mitad del siglo XX. Otra característica peculiar y diferencial de la Ciencia Ficción rusa fue que en la URSS (y en todo el bloque comunista),  y siempre que se ajustase a los criterios estilísticos y temáticos que las autoridades consideraban deseables, el género siguió gozando de bastante respetabilidad entre los círculos intelectuales.
Porque, mientras tanto, a la Ciencia Ficción occidental le empezó a suceder lo contrario. Sufría un proceso acelerado de desprestigio literario. Cualquier aficionado sabe que este fue uno de los principales problemas de la Ciencia Ficción durante buena parte del siglo XX. Por mucho tiempo fue considerada un género “menor”, de mero escapismo infantil, y le costó décadas empezar a sacudirse este sambenito para alcanzar nuevamente la respetabilidad de que gozaba a finales del siglo XIX. Al ser un género predominantemente escrito, el que estuviese mal visto precisamente en los círculos literarios serios marcó su destino durante bastante tiempo. Sin embargo, ese mismo proceso que le quitó lustre al género se convirtió en una etapa necesaria para su redefinición y conversión en lo que conocemos hoy. Y ese proceso no fue otro que la transición del género desde la literatura “formal” a las publicaciones para el público juvenil.
De las bibliotecas a los quioscos
A fines del siglo XIX empezaba a quedar bastante claro que, una vez pasado el impacto inicial, el público que seguía siendo más receptivo a la Ciencia Ficción eran los niños y adolescentes. Algunas revistas juveniles captaron este hecho y empezaron a incluirla en sus sumarios. The Argosy, por ejemplo, era un semanario juvenil estadounidense fundado en 1882 que solía incluir los tipos más habituales de narraciones dirigidas a paladares adolescentes: fantasía, aventuras, terror, misterio, detectives, western, ficción histórica, etc. También publicaba algún que otro relato de ciencia-ficción, o sucedáneos fantásticos más o menos identificables como tal. Los editores de The Argosy descubrieron que no se dirigían a un público demasiado exigente, y que para colmo ese público tenía poco dinero para gastar, así que llevados por los deseos de reducir costes empezaron a editar la revista en papel más barato, rugoso y de mala calidad, con bordes irregularmente cortados que a menudo producían una especie de “confetti” con el uso. Así, en 1896, The Argosy se transformó en la primera revista “pulp” estadounidense. El calificativo pulp hacía referencia precisamente a la mala calidad física de sus páginas, que a menudo —aunque no siempre— iba acompañada de mala calidad también en los contenidos. Durante las décadas de 1900 y 1910 la pulp fiction empezó a proliferar en el país, consumida por chavales ávidos de literatura imaginativa en una época donde no existía la televisión y el cine estaba en sus comienzos. Los editores, por lo general buscando el beneficio más inmediato, infantilizaron todavía más sus contenidos. Las portadas empezaron a ser cada vez más coloristas, llamativamente ilustradas para atraer la atención de los chavales, y estaban repletas de títulos sensacionalistas. Lógicamente, el público más serio y adulto veía estas revistas como un subproducto —cosa que, hay que confesar, a menudo eran— y la tímida pero creciente asociación de determinados géneros con aquella morralla expuesta en los quioscos hizo que los círculos literarios “serios” fuesen considerando esos géneros como “cosa de niños”.
En Rusia, donde ya decíamos que el género seguía siendo respetado, se fundó una revista especializada en 1911: El mundo de la fantasía, que quizá pueda considerarse la primera revista de Ciencia Ficción. Pero El mundo de la fantasía nació estando básicamente compuesta de traducciones de autores occidentales como Verne, Wells, Poe y demás. Se fueron incluyendo paulatinamente más y más relatos de escritores autóctonos, pero no tenía repercusión alguna fuera del país.

Hugo Gernsback creó el término “Ciencia Ficción” y publicó la primera revista del género…y acumula una considerable mala fama pese a que los principales premios de la C.F. llevan su nombre.
En Estados Unidos, en cambio, las revistas sí publicaban abundante material original pero solo una pequeña parte de ello era Ciencia Ficción. Revistas juveniles como la citada The ArgosyAll-Story,Frank Reade Library o The Thrill Book tocaban ocasionalmente el género, si bien no pocas veces con relatos poco memorables que frecuentemente estaban escritos por los mismos jóvenes que los leían. Sin embargo, conforme llegaba la década de 1920, la demanda empezó a crecer. Algunos periódicos científicos publicaban ocasionalmente relatos de Ciencia Ficción como un guiño entretenido para sus sesudos lectores, es más: en 1923 la revista científicaScience & Invention tuvo el inesperado detalle de dedicar íntegramente uno de sus ejemplares mensuales a recopilar relatos del género. Aquello era signo inequívoco de que la demanda de Ciencia Ficción en el país estaba creciendo a pasos agigantados. Aquel mismo año nació la revista Weird Tales, que aunque no era propiamente hablando una revista especializada y estaba dominada por la fantasía, incluía un mayor peso de Ciencia Ficción que sus predecesoras. Las revistas centradas en detectives, guerras, terror, western, hazañas aéreas y submarinas, aventuras exóticas, fantasía, etc. seguían siendo abundantes (títulos como Horror stories,Oriental StoriesWar stories o Flying Aces indican por dónde iban los tiros), pero la Ciencia Ficción no gozaba de algo que pudiera considerarse un medio propio.
El hito se produjo en 1926. Si algún lector se preguntaba por qué a los principales premios que se conceden a la literatura de este género —los “Oscars de la Ciencia Ficción”— se los llama “premios Hugo”, es hora de hablar de Hugo Gernsback. Era un inmigrante luxemburgués de cuarenta y dos años, que llevaba dos décadas viviendo en los EEUU y que ya se había iniciado el mundo de la edición publicando la revista científica Modern electrics. Apasionado practicante de la ciencia —en su haber cuentan incluso algunos inventos menores— pensaba que podría popularizarse entre la juventud con ayuda de los relatos de “fantasía científica” y en aquel año 1926 editó el primer ejemplar de Amazing Stories. Que es, ahora sí, la primera revista especializada en Ciencia Ficción compuesta mayoritariamente de material original. En ella se dieron a conocer autores relevantes como Jack WilliamsonE.E. Smith David Keller. El papel de Hugo Gernsback en el desarrollo del género resulta controvertido; para algunos fue un divulgador necesario e imprescindible en su momento, un pionero que abrió las puertas a otros amantes del género. Además fue el hombre que acuñó el término “Ciencia Ficción”, aunque curiosamente intentó sin éxito imponer otra palabra creada por él: sciencifiction. Para otros, sin embargo, su papel resulta más discutible. Brian Aldiss le dedicó un bonito elogio: “Gernsback fue uno de los peores desastres que jamás hayan arrasado el campo de la Ciencia Ficción”. Casi nada. Hugo Gernsback era un editor cuya manera de trabajar era moral y laboralmente cuestionable, bien conocido por sus constantes racaneos y engaños a los autores, generalmente jóvenes e ingenuos, de quienes se aprovechaba. No es inhabitual que en el ámbito de los historiadores de la Ciencia Ficción lo consideren poco menos que un sinvergüenza. Sea como fuere, su figura está ahí; su importancia, para bien o para mal, resulta completamente innegable.
Tiempos de crisis
Los años 30 fueron una época de vaivenes en el género tras una década de crecimiento sostenido.  La crisis económica mundial sumió al mundo editorial en la inestabilidad y las revistas “pulp” no fueron ajenas al fenómeno. A resultas de ello —y de su concepción empresarial más bien aventurera— la carrera editorial de Hugo Gernsback fue al mismo tiempo exitosa y accidentada, un fiel reflejo de lo que era el mundillo en aquellos años. En 1929, tras varios años al frente de Amazing Stories, su empresa editorial se declaró en bancarrota y Gernsback fue obligado a vender su querida revista, que siguió publicándose bajo la tutela de otros dueños. Pero el haber perdido la niña de sus ojos no significaba que el luxemburgués se desanimase: aquel mismo año fundó una nueva publicación, Wonder Stories, que era prácticamente una continuación idéntica de su trabajo anterior en Amazing Stories. La crisis había afectado las ventas de revistas, pero la Ciencia Ficción estaba convirtiéndose en una apetecida “novedad” y Wonder Stories fue muy bien recibida por el público. De este modo, al finalizar la década de los 20 ya había dos revistas especializadas en el mercado nacional, ambas fundadas por Gernsback. De hecho se añadió una tercera cuando también en 1930 otro editor, William Clayton, decidió sacar a la venta Astounding Stories, en la que primaba más la Ciencia Ficción de aventuras. Tres revistas especializadas colgadas simultáneamente en los quioscos de todo el país no era un logro baladí. En los albores de la Gran Depresión, con una enorme competencia compuesta por decenas de revistas “pulp” de todo tipo, algunas de ámbito nacional y muchas de ámbito regional o local, mantener aquellas tres publicaciones dedicadas a un único género hablaba mucho de la demanda que había entre el público. La Ciencia Ficción gozaba pues una amplia difusión por Estados Unidos: además deAmazing Stories, Wonder Stories Astounding Stories, estaban las aportaciones al género de Weird Tales y otras revistas de pulp fiction, amén de ciertas publicaciones especializadas pero de muy corta vida, que en algunos casos no lograban ir más allá de la categoría de fanzines. También estaban los exitosos cómics deBuck Rogers y su imitación Flash Gordon, que se publicaban a capítulos en periódicos para adultos, aunque se trataban más bien de space opera, un subgénero híbrido de aventuras fantasiosas, limítrofe con la verdadera Ciencia Ficción. Se estaba desarrollando una creciente base de aficionados fieles. y por ejemplo muy relevante fue la habilidad de Gernsback para crear entre los consumidores de su revista un cierto sentimiento de pertenencia a un club. De hecho terminó creando la Science Fiction League, un auténtico club de fans de la Ciencia Ficción que con los años llegaría a tener incluso ramificaciones internacionales.

Primero número de “Amazing Stories”, publicado en abril de 1926.
Sin embargo, hacia 1932-33 los efectos de la crisis económica se habían profundizado y el nivel de ventas seguía resintiéndose. En lo peor de la recesión, las revistas comenzaban a perder repercusión. Hugo Gernsback y William Clayton respondieron a la situación intentando ofrecer material más original y cuidado, pero tampoco eso parecía resultar suficiente, especialmente cuando la Ciencia Ficción seguía siendo, en comparación con otros géneros “juveniles”, relativamente minoritaria. Durante 1934 y 1935 el mercado del papel siguió resintiéndose, aunque por ejemplo la space opera estaba en boga: Flash Gordon sería llevado a las pantallas en 1936, y Buck Rogers no tardaría en hacerlo después.  En 1936 Hugo Gernsback intentó aprovecharse de la popularidad de su revista para desmarcarse de un mundillo editorial repleto de vaivenes. Confiando en la fidelidad ciega de su base de fans, Gernsback decidió queWonder Stories sería retirada de los quioscos y que en adelante solo podría adquirirse mediante suscripción. Su cálculo fue un error. Los lectores de Wonder Stories, fundamentalmente adolescentes, no comulgaban con la mentalidad de un suscriptor adulto, sino que querían seguir yendo al quiosco para, además de comprar su revista habitual, poder ojear todo el surtido de revistaspulp. El lector medio de Ciencia Ficción era un chaval al que le gustaba ver y tocar antes de comprar. También le gustaba maravillarse con la variopinta oferta de llamativas portadas y títulos que había en las tiendas y quioscos. No era como un lector adulto que pudiese esperar tranquilamente la entrega de su revista en el sofá de su casa. Así que retirar Wonder Stories de las góndolas iba a significar su inevitable final. Sus lectores habituales no se suscribieron. Su último ejemplar se publicó en aquel mismo 1936 y la revista de Gernsback terminó desapareciendo. Aunque en unos meses la revista renació de sus cenizas y regresó a los quioscos con el nuevo título de Trhrilling Wonder Stories.
De todos modos, pese al tropezón de Gernsback, lo cierto era que la situación económica estaba mejorando y la demanda de Ciencia Ficción volvía a crecer. La gran explosión de la Ciencia Ficción resultaba inminente. Si el siglo XIX había constituido el Big Bang, el periodo 1938-39 iba a convertirse en una supernova.
La Edad de Oro de las revistas
En 1938 la Ciencia Ficción estadounidense —ya con mucho la más importante del planeta— sobrepasó los límites del ámbito juvenil gracias a diversos acontecimientos puntuales. Por ejemplo, la célebre interpretación radiofónica de La guerra de los mundos a cargo de un jovencísimo Orson Welles, que algunos incautos habían confundido con la verdadera retransmisión de una invasión alienígena. El pánico que el programa causó entre algunos ciudadanos probablemente fue exagerado por la prensa, pero ante la enorme repercusión del hecho resultó inevitable que mucha gente hasta entonces ajena a la ciencia Ficción sintiera curiosidad.
Aquello coincidió con un auténtico “boom” en la cantidad de material que se publicaba en el país. En términos históricos 1939 fue el año de eclosión definitiva de la Ciencia Ficción. Además de las tres revistas especializadas que ya existían, aparecieron simultáneamente más de una decena de títulos nuevos (¡!) en un periodo de meses. Las nuevas revistas especializadas solo en Ciencia Ficción se multiplicaron como setas tras la lluvia: Startling StoriesFantastic AdventuresScience FictionFamous Fantastic MysteriesFuture Fiction,Captain Future, Planet StoriesAstonishing StoriesSuper Sciencie StoriesComet Stories. También las hubo que se centraron en relatos largos, casi pequeñas novelas, como Science Fiction Quarterly. Incluso surgió alguna como Unknown, que mostraba preferencia por Ciencia Ficción de corte humorístico (aunque no exclusivamente) y donde se dieron a conocer autores como Fritz LeiberFredric Brown o L. Ron Hubbard, más tarde fundador de Cienciología. Hasta 1941 seguirían apareciendo revistas nuevas, como Stirring StoriesCosmic Stories. La oferta, como vemos, llegó a ser apabullante. Entre todo aquel repentino aluvión de relatos se estaba gestando el nuevo cuerpo de la Ciencia Ficción.
Por otro lado, en las ferias internacionales empezaba a rendirse homenaje a las revistas de Ciencia-Ficción, lo cual era reflejado por la prensa y despertaba la curiosidad de lectores adultos. En 1939, la Feria Internacional de Nueva York fue el escenario para la 1º Convención Mundial de Ciencia Ficción, a la que asistieron varios autores e ilustradores célebres del momento, aunque no quedó exenta de polémica por la decisión de excluir a un grupo de autores y fans de tendencias izquierdistas. También se enterró una “cápsula del tiempo” que contenía un ejemplar de Astounding Stories, lo cual llamó la atención de lectores potenciales hasta entonces ajenos al género, que de repente quisieron comprobar de qué trataba aquella revista que habrían de encontrar enterrada futuras generaciones.

El editor John W. Campbell fue quizá el principal arquitecto de la Ciencia Ficción tal y como la concebimos hoy.
Otro hecho muy relevante de la época fue el debut como editor del joven John W. Campbell, de veintisiete años. Hasta entonces escritor, había publicado algunos relatos en diversas revistas del género, pero empezó a realizar funciones como director de Astounding Stories durante 1937; en 1938 cambió el título a Astounding Science-Fictiony empezó a cambiar la Ciencia Ficción desde dentro, publicando relatos de un selecto grupo de jóvenes autores: Isaac AsimovRobert A. HeinleinTheodore SturgeonLester del ReyClifford SimakA.E. Van Vogt, etc. Si se lo considera el “padre de la Ciencia Ficción moderna” no se debe únicamente a que escogió con sabiduría qué material publicar, sino que quiso imponer un nuevo paradigma estilístico. Campbell tenía formación científica pero no le satisfacía la visión sensacionalista que el género daba del mundillo. Estaba dispuesto a depurar esa visión que era el producto de tantas historias con científicos locos, malvados doctores que hacían experimentos en refugios tenebrosos y multitud de otros tópicos fantasiosos sobre el mundo de la ciencia. Campbell quiso representar ese ámbito profesional de manera más realista y así se lo hizo saber a sus autores. En Astounding Science-Fiction empezaron a proliferar relatos donde los hombres de ciencia trabajaban en pos del progreso, ya fuese para bien o para mal, pero de manera más ajustada a lo que Campbell conocía en su, pese a su juventud, importante experiencia académica. Su mentalidad de ingeniero terminó plasmándose en la deriva de Astounding Science-Fiction: vehículos espaciales, computadoras, novedosos medios de comunicación… la vertiente más tecnológica y plausible de la Ciencia Ficción. Algunos acusaron a Campbell de restringir demasiado el género y en su momento hubo incluso quienes consideraron que estaba contribuyendo a restarle brillo y capacidad de producir excitación. Pero, básicamente, Campbell estaba contribuyendo a darle forma de cara a un  futuro nuevo renacer.
Aún hubo por aquellas fechas otro factor importante: la eclosión de la Ciencia Ficción británica y centroeuropea. El Reino Unido era por cuestiones de idioma muy permeable a la influencia estadounidense. Ediciones de las revistas americanas más importantes podían encontrarse en los quioscos británicos, y en todo caso empezaron a surgir también revistas autóctonas que recopilaban material estadounidense. Entre 1936 y 1938 surgieron al menos cinco publicaciones importantes: la primera fue fundada por miembros de la rama británica de aquella Science Fiction League creada por Hugo Gernsback, que ahora se había extendido más allá de las fronteras de USA. Era una especie de boletín de noticias relacionadas con la Ciencia Ficción, primero llamado Novae Terrae y más tarde rebautizado como New World. Luego surgieronAmateur Science StoriesTomorrowFantasy o la versión británica de la “pulp fiction”, Tales of Wonder. Estas revistas seguían publicando a autores estadounidenses, pero lo realmente importante es que sirvieron también como trampolín para escritores británicos como Arthur C. Clarke, que primero enviaban sus relatos a estas publicaciones y después decidieron probar fortuna intentando vender su trabajo directamente a las revistas norteamericanas. Aquello favorecería el surgimiento de un contingente de creadores en el Reino Unido, que nuevamente por razones lingüísticas lo tendrían fácil para recorrer el camino inverso y dar a conocer su trabajo en los EEUU. Es por este motivo que la Ciencia Ficción británica ha tenido tanto peso en la evolución del género, en comparación con otra potencia del género como la URSS, que por entonces estaba culturalmente estancada bajo el yugo de Stalin. Por otro lado, en el Reino Unido la actitud general hacia el género era más ambivalente que en los Estados Unidos y algunos intelectuales británicos muy respetados escribieron novelas de auténtica Ciencia Ficción, caso de Aldous Huxley con su celebérrima Un mundo feliz, aunque es posible que en su día muchos quisieran verla más como una novela social y política que como un relato que tuviese algún tipo de relación con aquellas revistas para adolescentes con llamativas portadas (aunque temáticamente sí existía esta relación, al menos con parte de estas revistas). Fue también el caso del filósofo Olaf Stapledon, que se destapó como un consumado escritor de relatos de Ciencia Ficción hasta el punto de ser considerado uno de los más influyentes autores del género.  En cuanto a Europa continental, el trauma de la I Guerra Mundial o la edición de la obra distópica del recientemente difunto Franz Kafka —que no escribía Ciencia Ficción, pero que, como Lovecraft, tendría su influencia en el género ayudaron a reavivar aquel interés literario por la vertiente más distópica del género, interés que ya existía desde principios de siglo. Desde al menos los inicios de la década de los veinte, en centroeuropa había existido una corriente de escritores que, como Huxley, se mostraban especialmente interesados en analizar el posible futuro de la sociedad. En Alemania, por ejemplo, Thea von Harbou publicó la célebre novela Metropolis, que sería llevada al cine por su marido, el cineasta Fritz Lang. Aunque durante los años treinta, con la llegada de los nazis al poder, la cultura alemana sufrió un brutal retroceso y la Ciencia Ficción, que hasta ese momento gozaba de cierto caché literario en círculos intelectuales germanos, no escapó de ello: bajo la dictadura de Hitler el género no pudo evolucionar y la producción alemana no renacería hasta tiempo después de finalizada la guerra. En Checoslovaquia, Karel Kapec escribió varias obras de Ciencia Ficción tanto en formato escénico como novelístico y ya de paso popularizó el término “robot”. En la URSS, como ya sabemos, seguían funcionando según su propia marcha: buena producción y respetabilidad del género en los círculos intelectuales “serios”, pero poca proyección exterior y un estancanmiento estilístico severo. Las restricciones políticas del régimen estalinista impedían que la Ciencia Ficción en ruso tomase nuevos caminos como sí hacía, y constantemente, la estadounidense. Varios de los pioneros de principios del siglo XX seguían escribiendo pero estaban encerrados en el callejón sin salida de la censura y básicamente daban vueltas sobre los mismos subgéneros. La larga tradición de Ciencia Ficción social rusa no pudo quedar ajena a la moda de las distopías: Eugeni Zamyatin, por ejemplo, llevó el subgénero distópico a unos extremos que inevitablemente le ganaron la enemistad de las autoridades a causa de su descripción de utopías que devienen en totalitarismos, lo cual provocaría que terminase exiliándose. En cuanto al resto del mundo, otros países europeos o sudamericanos tuvieron sus propias versiones de revistas de Ciencia Ficción compuestas básicamente de traducciones de material norteamericano, acompañadas ocasionalmente de relatos de autores nativos que, lógicamente, no gozaron la misma repercusión que los británicos en EEUU y por ende en el resto del planeta.
La alegría repentina de la segunda mitad de los años treinta no duró mucho. En 1939, la Ciencia Ficción británica se vino abajo con la entrada del país en guerra y las severas restricciones impuestas sobre el uso de papel y de la tinta, lo cual reducía muy considerablemente su capacidad editorial. Las revistas autóctonas surgidas a raíz de la explosión del género en 1937-38 fueron desapareciendo paulatinamente durante la Segunda Guerra Mundial, en algunos casos por falta de medios, y en otros incluso porque sus editores eran directamente llamados a filas (alguno de ellos llegó a perecer en combate). Para 1942, ya no quedaba ninguna. En Alemania, la URSS y demás países europeos metidos de lleno en el conflicto, cabe imaginar la desastrosa situación general y el hiato cultural que se produjo como consecuencia. En diciembre de 1941, con el bombardeo japonés sobre Pearl Harbour, también los Estados Unidos entraban en guerra y sufrían parecidas restricciones a las británicas. Unas cuantas de las revistas surgidas durante el apoteósico “boom” americano iban a desaparecer también. Las pocas que sobrevivieron lo hicieron en condiciones de suma dificultad editorial.
No se puede culpar solamente a la guerra. Obviamente fue la principal responsable de una nueva crisis en el género, pero la mayoría de los editores habían cometido pecados severos, muy especialmente el del cortoplacismo económico. Algo que fue particularmente acusado en los Estados Unidos, donde esos editores tuvieron no poca responsabilidad en el hecho de que la Ciencia Ficción careciese del mismo prestigio que en Europa, donde se producía en muchísima menos cantidad —las obras notables europeas eran, de hecho, habas contadas en comparación— y donde era menos variada y original, pero estaba literariamente bien vista. No pocos editores estadounidenses habían descuidado el material que publicaban, buscando más el sensacionalismo instantáneo y populachero que vendiese ejemplares a corto plazo sin pararse a pensar que los lectores de Ciencia Ficción iban haciéndose mayores, que el mundo estaba cambiando y que se requerían nuevos tipos de ficción más acordes con los tiempos que corrían. Algunos editores, de hecho, tenían una revista en la que publicaban su mejor material y otra revista paralela en la que daban salida a aquello que no habían considerado lo bastante bueno para la primera. Seguían abundando las historias escritas por amateurs, que a veces se destapaban con sorprendentes dotes narrativas… y la mayoría de las veces no. La Ciencia Ficción, tras la apoteosis comercial de final de los años treinta, sufrió una difícil pero quizá conveniente depuración durante la II Guerra Mundial. Estaban sembrándose, sin embargo, las semillas para el apogeo, cuando ya sin reparo alguno íbamos a poder afirmar que la Ciencia Ficción alcanzaba su madurez y plenitud, luchando por recuperar el estatus literario que varias décadas de supervivencia en revistas juveniles había mermado. El periodo clásico de la Ciencia Ficción estaba a punto de producirse; lo único que el mundo necesitaba para llegar a verlo era la paz. (Continúa)