Philip Roth (Newark,
1933) hace un ejercicio de introspección psicológica encomiable en esta
novela, va trepanando, como un escultor, hasta ir quitando capas y
reduciendo a sus personajes a un armazón básico, sin apenas ropajes,
hasta un juicio sumario cuyo único juez es el lector. ¿Es tan idílico el
paisaje?, el éxito en los negocios, en la escuela, ante los amigos ¿lo
es todo? ¿la cultura y la intelectualidad son una garantía de felicidad?
¿qué antídoto hay frente a la soledad?.
Todas esas preguntas van rondando la cabeza del lector sugestionado por Roth,
quien en su tarea de demiurgo, va tejiendo una cosmogonía paralela a la
real, a la oficial, a la satisfactoria, a la que sale en las revistas
de decoración. Todo ello con el telón de fondo de una serie de
acontecimientos enloquecidos y cruciales, en una época concreta, muy
identificables, como es la de la Guerra de Vietnam y el Caso Watergate,
una época que acaba incidiendo en la conducta de los personajes e
influyendo decididamente en sus vidas y que posteriormente daría paso a
una forma de vida nueva y a una cadena de protestas sociales.
Roth realiza la crónica de una época de los Estados Unidos,
a través de una serie de personajes que se quedan sin muletas a las que
asirse, que han invertido toda su ilusión y sus esfuerzos en un modelo
de vida que no tiene todas las respuestas, que no promete la felicidad,
pese a que parezca lo contrario. En pleno apogeo de la revolución
industrial y del sistema capitalista, todos sus «modelos de ciudadanos ideales» hacen agua y naufragan, y el lector va siendo cómplice de ese análisis profundo.
En un libro donde
aparecen los grandes temas universales, las grandes preguntas, los
clásicos, el Sueco Levov, a modo de moderno Odiseo, tiene que
aventurarse a conquistar un montón de cosas que creía conquistadas: su
mujer, su hija, que desaparece del hogar familiar a los dieciséis años
tras cometer un acto delictivo, sus padres, sus amigos, mientras todos
se sientan en la mesa ante el gran pavo de Acción de Gracias, que
constituye la «Pastoral americana
Sin entrar en listas ni
en apuestas, podemos decir que este libro tiene detrás a un autor de
mucho fuste, perfectamente asentado en su profesión, que controla
completamente el oficio, un gran narrador y creador de personajes de
gran complejidad y personalidad.
Estructurada
en tres partes, esta obra empieza como un libro de memorias del
omnipresente Nathan Zuckerman, para pasar en su segunda y tercera parte,
para mi la mejor, a dar voz a un narrador en tercera persona que nos
describe un elenco de personajes que giran alrededor del Sueco y su
familia, utilizando párrafos muy largos, frases muy reflexivas y
descripciones pormenorizadas de paisajes, casas y situaciones. Hacia el
final de la tercera parte parece desenredarse el jeroglífico, aparecen
las respuestas a preguntas aparentemente sin respuesta, que nadie va a
responder jamás porque la vida es un gran jeroglífico, como todos
presuponen, porque las soluciones son tan variadas como caras tiene un
poliedro, donde cada apuesta es una vida en sí sin retorno posible y
donde los errores se pagan en años transcurridos.
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