Hace
50 años falleció T. S. Eliot, referencia esencial del modernismo.
Profundamente religioso, conservador y ansioso de poder, el poeta fue
exaltado como una autoridad. Su culto se mantiene.
En 1917, Thomas Stearns Eliot tomó una
posición como encargado de las cuentas extranjeras en el Banco Lloyds de
Londres. Tres años atrás había llegado a la ciudad para avanzar en sus
estudios de filosofía, y sus padres tenían la esperanza de, por fin, ver
a su hijo como un adulto consagrado a la enseñanza universitaria.
Nieto
del fundador de una iglesia unitaria en St. Louis, Misuri, Eliot se
había criado en esa ciudad hasta que largó hacia París y luego a Londres
en busca del círculo literario que tanto ansiaba conocer. Se casó con
una británica, consiguió algunos cargos inocuos en revistas y
publicaciones literarias, se hizo una vida endeble entre la élite
cultivada de Londres. Su padre, sin embargo, esperaba de él una ganancia
efectiva, tangible; su madre, que lo había impulsado a escribir poemas
desde la niñez, quería a un poeta. Quizás al mejor poeta.
Eliot se dio cuenta de que su vida, tal
vez, no era la mejor. Entonces encontró aquel puesto en el banco, y supo
que su padre lo consideraría un triunfo. Entonces le escribió una
carta: “Mi posición social es tan buena como la del editor de una
publicación. Sólo escribo lo que quiero y todos saben que cualquier cosa
que escribo es buena. Puedo influenciar la opinión londinense y la
literatura inglesa de una mejor manera. (…) Hay un pequeño y selecto
grupo que me clasifica como el mejor crítico viviente, y también como el
mejor poeta, en Inglaterra. Debo escribir al Athenaeum y mantenerme
allí. Tengo mucha simpatía por el editor, quien es uno de mis
admiradores más cordiales. Con eso y Egoist y una revista principiante
en la que estoy interesado, y que estará gustosa de recibir todo cuanto
envíe, tendré más que suficiente poder para satisfacerme. De verdad creo
que tengo más influencia en las letras inglesas que cualquier otro
estadounidense, excepto Henry James”.
Eliot, que por entonces había lanzado una serie de poemas y relatos sueltos y un poemario (Prufrock and Other Observations), se sentía rodeado de una grata adulación: faltaba poco para que lanzara La tierra baldía, el extenso poema que lo haría el líder del bando modernista, justo el mismo año, 1922, en que James Joyce lanzó Ulises.
Eliot, que se había ido de casa huyendo del peso de sus padres y que
intentaba formarse un camino propio, se convirtió de pronto en el
orgullo de su progenie: un banquero que escribía poemas. En ambas
actividades, podía decir, tenía un éxito visible.
Por eso 14.000 personas se reunieron, el
30 de junio de 1956, en el estadio de la Universidad de Minnesota para
escucharlo en una lectura pública: querían ver el garbo y oír la voz
cadente y decididamente británica del mejor poeta de todos los tiempos,
que aún estaba vivo, que allí, en frente de ellos, desplegaba una
armonía de rimas disparejas y que fueron la semilla de poemarios como Miércoles de ceniza y Cuatro cuartetos.
Habían leído versos suyos de esta suerte: “Tiempo presente y tiempo
pasado / Están ambos quizá presentes en el tiempo futuro, / Y el tiempo
futuro contenido en el tiempo pasado. / Si todo tiempo es eternamente
presente / Todo tiempo es irredimible” (Burnt Norton), y
también “Abril es el más cruel de los meses, / levantando lilas en
tierra muerta, / confundiendo memoria y deseo, /revolviendo mustias
raíces con lluvias de primavera” (La tierra baldía).
Eliot, sin embargo, no siempre tuvo la
elegancia ni el acento británicos: su aspecto y su apego a cierta élite
de la literatura fueron el resultado de una severa transformación.
“Eliot ensombreció rápidamente al resto de escritores —escribió Cynthia Ozick en la revista The New Yorker
el 20 de noviembre de 1989—. La disparidad yacía, tal vez, en que Eliot
era sobre todo un poeta o en que su talento era más robusto. Pero si
creemos, como casi todos lo hacemos, que un genio de su talla tarde o
temprano tendrá su recompensa (con Melville y Dickinson como nuestros
sagrados paradigmas), el acertijo continúa: ¿por qué, para Eliot,
ocurrió tan rápido? Sus días como una termita (como él se clasificaba)
fueron breves, apenas un respiro; se convirtió en un superhombre en un
instante”.
La crítica y sus lectores condensaron en
Eliot (que obtuvo la nacionalidad británica en 1927) a una suerte de
escritor que era, al mismo tiempo, el profeta de un nuevo tiempo. La
condición del poeta como adivino no fue nunca tan evidente como en su
caso: la desaparición de toda rima al modo antiguo, la aplicación de
nuevos lenguajes al poema y el desapego del poeta y su obra eran signos
esenciales de una poesía renovada. “Ese tipo de oscuridad —dijo Eliot en
una entrevista con The Paris Review en 1959— sucede cuando el
poeta aún está aprendiendo a usar el lenguaje. Tienes que nombrar la
cosa a la manera complicada. La mejor alternativa, en ese momento, es no
decirla. Cuando escribí los Cuatro cuartetos, no podría haber escrito en el mismo estilo de La tierra baldía.
En ese poema, yo ni siquiera me molestaba por comprender aquello que
estaba diciendo”. Eliot sabía que Londres sería el centro de su
actividad literaria; también sabía que, después de que Ezra Pound se
trasteó a París, él sería el eje de las miradas. El único Dios.
Su ascenso literario iba en inversa
proporción a su éxito matrimonial. Vivienne Haigh-Wood, su esposa, tenía
numerosas dolencias cuyo origen los médicos eludían. Recluida en
numerosos sanatorios, era cuidada por los parientes de Eliot que de
tanto en tanto venían a Londres; mientras tanto, por más de una década,
Eliot disfrutó de las reuniones, la apasionada gallardía con que era
definida su poesía, disfrutó su figura pública. Fue a Estados Unidos y a
su vuelta no retornó a casa. Se había agotado de la enfermedad de su
esposa, de la humillación que le había significado, del público
desenfado con que se hablaba de ella. Pidió la separación, que nunca
sucedería. Ella lo buscó en sus lecturas y en las firmas de autógrafos y
le pidió, en varias ocasiones, que volviera con ella. En 1947, después
de un viaje a París, fue de nuevo recluida en un sanatorio de Harringay.
Eliot nunca la visitó. Su hermano decía que ella estaba sana, tan sana
como él, y en su texto Ozick sugiere que Eliot, que aún seguía
siendo su esposo, debió de dar la autorización para que la encerraran de
nuevo. Haigh-Wood murió en enero de ese año.
Eliot, por entonces, ya se declaraba
anglicano, seguidor de los principios cristianos, conservador (la
primera parte de su poema Miércoles de ceniza es una suerte de
plegaria: “Y ruego a Dios que se apiade de nosotros / Y le ruego que yo
pueda olvidarme / De aquellas cosas que conmigo mismo discuto demasiado /
Explico demasiado / Porque no espero retornar jamás / Deja que estas
palabras respondan / Por lo que se ha hecho, para no volver a hacerse /
Que el juicio no nos sea demasiado gravoso”). A la muerte de su esposa,
siguió una etapa de seis años de soledad y cierto grado de desapego al
amor cuando se instaló en St. Stephen, una congregación anglicana. Eliot
cumplía una penitencia: había obtenido poder en los círculos
literarios, tenía tanta fama, honor y aura dionisiaca como podría tener
cualquier emperador, y, sin embargo, todo le pareció, de pronto,
insuficiente y banal. En Miércoles de ceniza había escrito: “Porque
estas alas ya no son alas para volar / Sino sólo abanicos que baten en
el aire / El aire que ahora es terriblemente angosto y seco / Más
angosto y más seco que la voluntad / Enséñanos a preocuparnos y no
preocuparnos / Enséñanos a quedarnos sentados quietos”.
Era el mismo Eliot que decía que “uno
quiere sacarse algo del pecho, y no sabe qué es hasta que lo saca” y que
también decía “siempre he sentido que no es sabio violar las reglas si
uno no las ha observado con detenimiento”. El mismo Eliot que creó una
nueva poesía con rimas atípicas, y que utilizó el versículo para que el
poema no fuera sólo una entidad musical sino también espiritual. El
mismo Eliot que dijo en 1959: “Cuando expresas una declaración, nunca
estás seguro de si es válida para todos los poetas o sólo para ti mismo.
Creo que no hay nada peor que tratar de formar a las personas a tu
imagen y semejanza”.
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