Jorge Bustos: La belleza de la derecha


L
Publicado originalmente en "Jot Down". Aquí tienes el enlace.


Louis Auchincloss. Foto Sarah Draper (DP)
Louis Auchincloss. Foto: Sarah Draper (DP)
Hace poco los curiosos muchachos de Arsuaga extrajeron de la Sima de los Huesos un fémur de cuatrocientos mil años cuyo análisis de ADN arrojó una conclusión asombrosa: pertenecía a un homínido más siberiano que burgalésHasta ahora en Atapuerca se creía haber encontrado básicamente casquería neandertal, individuos peor o mejor representados de la especie heidelbergensis
Pero resulta, dicen los chicos de Arsuaga, que la familia humana se dividió en dos ramas hace un millón de años, y que la fetén alumbró neandertales y sapiens mientras que la lerda siguió dando indocumentados documentados en norte de Rusia y norte de Burgos. El descubrimiento complica las cosas, enreda el árbol familiar y establece científicamente la verdad del torero: no solo hay gente pa tó, sino que la hay al mismo tiempo en el mismo planeta.
Creíamos que la historia de la evolución humana venía regida por un patrón de progreso lineal que iba enderezando al mono hasta erguirlo completamente para alcanzar cierta manzana por consejo de una mujer tentada por un ofidio, y ello antes de doblar al hombre otra vez sobre un ordenador de oficina según enseña el famoso chiste. Pero Atapuerca nos muestra que en el mundo convivieron especies distintas con distinto grado de sofisticación genética. Es decir, que la humanidad es en primer lugar gradual, y en segundo lugar tan sincrónica como diacrónica. Hubo un tiempo en que se podía ser más o menos humano no por educación sino de mero nacimiento, y en que los linajes pugnaban darwinianamente entre sí para pasar de la prehistoria a la historia pero a la vez eran exponentes cabales de su linaje particular, gorilesco o lampiño.
En Atapuerca ya se daba por tanto uno de los principales rasgos de la democracia: las minorías. La democracia es simultaneidad de estadios evolutivos dispares. Umbral definía Madrid por su simultaneísmo, por su generosidad para albergar a la vez a tontos y a listos, a carrozas y a dandis emprendiendo en el mismo barrio su acción contradictoria. Bien, pues ese simultaneísmo va a resultar muy viejo, de hecho connatural a lo humano desde su albor, y abre debates insospechados. ¿Cómo es posible que ante la reciente muerte de Nelson Mandela unos humanos entonasen la alabanza al ángel ido y otros de su misma especie lo despachasen como criminal? Pues porque ya que no la genética, sí la formación, las lecturas, la dotación neuronal estratifican incesantemente a la humanidad en minorías de desigual sofisticación, como ha sucedió siempre según sabemos ahora por los sabuesos de Arsuaga. Y no nos preguntaremos si el aborto de un feto neandertal habría sido más legítimo, por más inhumano, que el de un feto sapiens, aunque podríamos especular bizantina y deliciosamente al respecto puesto que ambas especies coexistieron hasta que el sapiens, inexplicablemente, se impuso a su pariente bruto hace quinientos mil añosAntes incluso de la Transición y de sus ancianos periodistas.
Exactamente lo mismo ocurre en la historia de la literatura y del arte en generalEn arte no existe el progreso lineal: los frescos bajomedievales de Giotto no quedan superados por el descubrimiento de la perspectiva renacentista. Poseen un valor en sí mismo, ejemplifican una cima del espíritu humano en su tiempo, sí, pero también emocionan a ojos venideros. Hoy, mal cobijados bajo ese gran paraguas permeable que es la posmodernidad, la coexistencia de especies literarias es una realidad delirante. Hay gente escribiendo novelas exactamente igual que como las escribía don Alejandro Dumas —¡y recibiendo premios por ello!— y hay, supongo, oscuros y eternos becarios experimentando en su buhardilla con las vanguardias y los estilos del mañana. Y hay una infinidad de matices intermedios.
Lo novedoso es que las corrientes son hoy todas las que fueron —el siglo XXI simultanea el género puro y el hibridismo genérico, la recreación decimonónica y la recreación vanguardista— más algunas nuevas de efímera y nocillesca vida, y por encima de ellas la institución crítica se alza para blandir el canon occidental o, si se es intelectual de progreso, para abolirlo. Hoy por ejemplo, en el criterio lector más exigente del primer mundo —por no retroceder al estadio de la literatura de consumo— sigue vigente la fascinación por la especie del escritor maldito. Y ciertamente se trata de una especie fascinante que ha dado no pocos genios, Bolaño el último de ellos. Pero junto a Bolaño, en el mismo planeta que Bolaño, escribieron tipos en un estadio evolutivo absolutamente diferente.
Así, yo acabo de leer las Historias de Manhattan de Louis Auchincloss (1917-2010). Este exquisito escritor neoyorquino, perteneciente a la especie elegante de Henry James y Edith Warton, encarna al antimaldito perfecto, como explica Ignacio Peyró en un soberbio prólogo que precede a su impoluta traducción: «Para ser un escritor de calidad, Louis Auchincloss tuvo que superar no pocos reveses: una familia rica y feliz, unos padres adorables, una educación aún más cosmopolita y —más tarde— una vida adulta de hombre acomodado, siempre marcado por una crianza a medio camino entre las exigencias éticas del sentido del deber y el pudor de unir las buenas maneras a la bondad del corazón. Son las formas del noblesse oblige». Si las formas son patrimonio de la aristocracia, las poses delatan al primate de la especie nuevo rico. Y si nosotros, lectores inquietos de la España empobrecida y vil que ni llegamos a una cosa ni a la otra, nos esforzamos por saltar el entrañable listón de la envidia que inspira la clase alta del Upper East Side en los años treinta, cuando un clan mediano de ese barrio poseía casa en la ciudad, mansión en el campo, cinco o seis sirvientas, tres coches y escuela privada para los niños, si tragamos con eso, digo, entonces podemos prepararnos para disfrutar de un estilista pulcro y un conocedor experto del corazón humana que, oh sorpresa, se agita en el interior del rico con las mismas pasiones que en el del pobre.
Auchincloss, brillante abogado y autor prolífico, hermoso y bendito, podía mirar por encima del hombro de su chaqueta de tweed a Scott Fitzgerald en lo tocante a posición social. Y precisamente por eso no podía compartir con Scott su fascinación por los ricos. Auchincloss ocupaba el elevado sitio adonde Fitzgerald miró arrobado toda su vida, y desde la altura y hondura de estos cuentos parece decirle: «¿Ves, Scott? No somos para tanto. Somos ruines, egoístas, promiscuos como los demás. Ahora bien: tampoco somos peores, y desde luego sabemos vivir a lo grande en un mundo zafio». Las historias que componen este volumen editado por Elba —dos de ellas son obras maestras del cuento: «Colaboración» y «Las letras escarlatas», este último lo mejor que he leído desde, no sé, desde Los restos del día de Ishiguro— retratan el estamento operístico de la clase alta neoyorquina sin piedad y sin odio, que son las dos actitudes que han polarizado la literatura de clase. Y eso es lo extraordinario de Auchincloss, lo que rendía a antagonistas ideológicos como Gore Vidal. Porque en literatura no importan tus millones o la pata de peregrino del Mayflower de la que desciendas: se trata de escribir bien buenas historias desde el estadio evolutivo que te haya asignado el destino.
Tiburones de Wall Street, bufetes de inasequibles abogados, herederas que siguen casándose por rigurosa conveniencia económica, herederas que lo estropean todo casándose por amor, viejos magnates que entretienen la demencia senil a caballo entre el golf y la filantropía. Los personajes de Auchincloss dan asco de puro elitistas pero no hay pose: él solo está describiendo a sus amigos. Y además no dan asco, porque nobleza obliga, y hay nobleza de magnífico encaste humano en estas páginas que hacen la suave elegía de un mundo acosado por la pujanza del millonario desclasado, que tiene los millones pero no la formación para saber gastarlos. El dinero es un tema literario porque el dinero convoca a la moral (y a lo inmoral) como el crimen pide el castigo. Hay una belleza en esa derecha que fundía la ética con la estética y que sabía que la civilización es la conjunción de una necesidad (la propiedad privada) y una utopía (la redistribución de la riqueza), y hacía lo posible por fomentarlaUna derecha que ni votará ni será votada, que existe o existía muy por encima de la distinción republicano/demócrata o PP/PSOE. Una derecha que fue mecenas del arte más arriesgado y conducto de tolerancias volterianas que a la larga acabarían con ella misma. Una derecha cuyos mejores frutos hace mucho que se agostaron porque no se encontró la manera de conservar educada a su prole en el siglo XXI. Es una derecha ideal, tan rica que podía permitirse ser de izquierdas y cuyo último conocedor profundo fue Louis Auchincloss. Como la habían conocido Evelyn Waugh, Joseph Roth, Stefan Zweig, César González-RuanoGiuseppe Tomasi di Lampedusa.
Una elegía sin nostalgia, con prosa sencilla pero de respiración larga, enemiga del barroquismo como solo el aristócrata seguro de su blasón puede serlo. Un tono único de caballeroso humor en la derrota que el siglo inflige. Una literatura de anacrónicos valores que brindamos al lector, sea cual sea su estadio evolutivo, para que descanse un poco del homo mesocraticus que se desplaza resoplando por los centros comerciales en Navidad.