La nostalgia esférica: una introducción al nuevo libro de Federico Vegas.

Publicado originalmente en "Prodavinci". Aquí tienes el enlace.

No hay tierras de extranjeros. Quien viaja es el único extranjero.
Robert Louis Stevenson

León Belly -1827-1877- Odysseus a sirény
Odiseo y las sirenas, de Leon Belly
La mayoría de los personajes que han ido apareciendo y congregándose en este libro de cuentos se han marchado del país o decidieron regresar a su mismo punto de partida. Hubo un momento, algo persistente, cuando pensé reunirlos bajo el título Los que van y los que vienen. Todo cambio el día que le entregué el manuscrito a mi editor, Ulises Milla, y le conmovió una frase de Séneca que resumí, restándole peso, en el cuento “Somerville”. La versión completa nos advierte:
Debes cambiar de ánimo, no de cielo, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres.
Partiendo de tan sano consejo, Ulises propuso unir el ir y venir del título que yo proponía bajo el manto de un mismo verbo, ese ambiguo y peligroso “cambiar” que se nos ha tornado tan urgente e indescifrable. Desde entonces me persiguen tres preguntas: “¿Quién no quisiera alguna vez cambiar de cielo?”, “¿Quién no teme perpetuar semejante cambio?”; y la más pragmática y geográfica: “¿Cuánto puede cambiar nuestra visión del cielo”.
Recuerdo haber leído un poema sobre la agonía de un soldado inglés que yace en una planicie con los ojos abiertosluego de una batalla en tierras lejanas. La queja más honda durante su última noche no se refiere a sus terribles heridas:
— ¿Cómo puedo morir bajo estrellas que no son las mías?
Para que se diera esta cosmológica nostalgia este soldado debe haber peleado en el hemisferio sur; digamos que en la batalla de Majuba Hill, la más humillante para los británicos en las guerras contra los bóeres.
Dejando a un lado estos estelares tecnicismos, recordemos que la observación de las estrellas estuvo una vez relacionada con los orígenes de la ciencia y la religión. Los primeros templos eran lugares consagrados a “con-templar” el firmamento a la búsqueda de augurios y presagios. Por razones que van del escepticismo y la desacralización a la contaminación y las nuevas tecnologías, hemos dejado de observar la bóveda celestecon nuestros propios ojos. Las noches se ha ido haciendo enrarecidas yya no compartimos el placer y la emoción de contemplarla hasta hacerla nuestra.
Lo cierto es que yo suponía que el angustioso y agonizante deseo del soldado ingles por retornar al terruño se definía desde hace milenios como un estado de “nostalgia”, e imaginaba a héroes como Odiseo padeciéndola y esgrimiendo su ansiedad como principal excusa cuando Circe, la bellísima hechicera, insiste en convencerlo de no retornar a su hogar.
Odiseo aún no sabía que su verdadero destino era el viaje en si mismo. Llegó a Ítaca, aniquiló a quienes usurparon su hacienda, abrazó a su fiel criado, hizo el amor con Penélope hasta olvidar cuanto la había extrañado, y entonces partió de nuevo a la aventura con sus viejos compañeros en un barco maltrecho. En la Divina comedia Dante y Virgilio lo encuentran en una de las pailas del infierno y le preguntan por qué mereció semejante castigo. Odiseo les cuenta que se arrojó al profundo mar abierto. El Mediterráneo les quedaba ya pequeño y pasaron las costas de España y de Marruecos hasta más allá de donde Hércules plantara sus columnas, y, cada vez más ansiosos, siguieron el sol hacia el mundo inhabitado, hasta que “del otro polo todas las estrellasvio ya la noche”. Habían cambiado de cielo. Pocos días después llegaron a divisar una montaña oscura, que puede haber sido América, y una gran alegría se transformó en llanto, pues de la nueva tierra surgió un torbellino e hizo girar la barca “hasta que el mar se cerró sobre nosotros”.
Después de esta lectura, comprendí que la nostalgia de Odiseo no se limitaba al regreso y tenía algo de soberbia. Y resulta que, justo ahora, cuando me ha tocado enfrentar estas mismascambiantes e inciertasmareas, vengo a descubrir que“nostalgia” es un término inventado. Por supuesto que toda palabra y cada letra es una invención que logra fusionar una idea, un sonido y un dibujo, pero nunca imaginé que “nostalgia”, con sus ecos milenarios, fuera una creación tan reciente.
En 1668, unos mercenarios suizos que prestaban servicio en las llanuras de Italia comenzaron a padecer de fiebre, mareos, calambres y dolores de estómago. Los médicos del ejército pensaban que el extraño síndrome se debía a un problema en el oído medio generado por haber estado sometidos durante su niñez al constante sonido de las campanas que guindan de las vacas suizas. El entonces estudiante de medicina, Johannes Hofer, intentó demostrar que la patología era psicológica y se debía a un “deseo doloroso de regresar a casa”. Hacía falta darle un nombre a su diagnóstico y Hoferunió el griego nostos, ‘regreso’, con algos, ‘dolor’.
Ciertamente antes de 1668 ya existían palabras que definían esta misma ansiedad. La temeraria relación con el mar de los navegantes portugueses generó “saudade”, que reina con su melancólica cadencia sobre las demás ofertas de otros idiomas. Nuestra castellana “añoranza”, que proviene del catalán enyorar y parece tener relación con “ignorar”, puede explicarnos el sufrimiento de “no saber qué rayos está ocurriendo en mi tierra durante mi ausencia”.
Mi caso no es tan serio como el eterno e insaciable retorno de Odiseo ola alienada noche de un guerrero moribundo. No me dan los dolores de estómago de los mercenarios suizos, solo leves gastritis cuando me excedo con el vino blanco. De hecho, cuando estoy en Barcelona comiendo en un buen restaurante o escuchando un concierto en el Palau de la Música, no me siento nada mal. Es en las rutinas ordinarias de pasear por una calle, tomar un café en una plaza o bañarme en el mar, cuando me considero un traidor. Para hacer faenas tan sencillas,bien podría estar con mi genteen Caracas, haciendo quórum.
A los venezolanos la nostalgia se nos ha tornado esférica. Sentimos tanto el dolor de querer marcharnoscomo el de querer volver, incluso el de haber vuelto. Hablo de una nostalgia esférica y no circular porque,además de ocurrir en la dimensión relativamente plana del ir y venir, opera también en el tiempo.A veces, sin movernos de un mismo punto, recluidos en nuestra casa y hasta varados en nuestro propio lecho, sentimos una nostalgia tan insoportable como la de un marinero de Colón, harto del incierto primer viaje. Para sufrir por algo que se ha tenido o vivido y que ahora no se tiene ni se vive, no hace falta recorrer ni un metro de terreno.Esas nostalgias que dependen del transcurrir del tiempo no tienen remedio, pues se proyectan en una sustancia a través de la cual no podemos retornar ni apresurarnos.
Pessoa nos asoma a una variante: “No hay nostalgia más dolorosa que aquella de las cosas que no han sido nunca”. El humorista Willy Rogers lo dice de una manera más cruel: “Las cosas no son como solían ser, y probablemente nunca lo fueron”. Esta vertiente es la que más me concierne como escritor, pues alimentarse de lo que nunca fue y extrañarlo como si hubiera existido es un buen punto de partida para la ficción, tan explotada en el intento de hacer posible lo imposible.
Para Ortega y Gassetlas aguas de la filosofíabrotandeese mismo manantial. Todo lo que existe y percibimos es esencialmente un “mero trozo, pedazo, muñón”, de algo mucho más amplio. Apenas comenzamos a intuir esa posible y necesaria totalidad, nos asomamos a “la herida de su mutilación”, y cada fragmento “nos grita su dolor de amputado, su nostalgia del trozo que le falta para ser completo, su divino descontento”. Ortega encuentra en este “echar de menos lo que no somos” —yo añadiría “lo que no logramos ser”—un necesario punto de partida para la filosofía que busca el todo en la parte. Pero, cuidado, también podría llegar a convertirse en una paralizante e inconducente nostalgia. La sola idea de estar añorando lo que nunca fuimos nos obliga a una revisión que puede ser devastadora, aplastante.
Existe una dimensión que debe mortificarnos aún más: la nostalgia de futuro. Lo que la añoranza tiene de ignorancia se exacerba cuando la proyectamos hacia un porvenir siempre desconocido. Y aquí quiero referirme a la masoquista contradicción de un futuro que cada vez nos luce más evidente y necesario y, a la vez, más confuso e imposible.
Por esos derroteros anda el verdadero ir y venir de nuestra nostalgia, dando bandazos entre un pasado que nunca fue y el futuro que jamás será. Aceptar estacondición ya sería un gran avance. Al igual que el sostener un peso nos hace más conscientes de nuestros movimientos y extremidades, el dolor de la nostalgia puede revelarnos ciertos mitos y eslabones perdidos en la comprensión de nuestro espacio, de nuestro tiempo, de nuestra historia.Esta misma extraña sensación que produce el tener entre los brazos la pesadumbre de un gran vacío podría estimularnos a entender, sin tanta melancolía, qué hemos sido y qué podemos ser, que no hemos sido y jamás podremos ser.
Esta es la intención o, más bien, la combustión de estos cuentos. Quisieran servir de fragmentos para avizorar el todo;hacer de extremidades para sentirnos menos amputados y evitar esa nostalgia,tan estática como estítica, capaz de marearnos en el histérico y enredado remolino de “no poder llegar a ser lo que queremos ser puesto que nunca hemos sido lo que pensábamos que podíamos ser”, y, así, hasta ahogarnos en las fuertes corrientes que no supimos prever, entender y enfrentar.
Al menos Odiseo dejó un registro de sus logros y desdichas. A esas estelas se limita el oficio del escritor:seguir sin pretensiones de piloto nuestro rastros y mutilaciones, escapes y ciertos retornos que hoy solo sirven para soñar con volver a partir.