"En la pequeña cuidad de Progrody vivía en otro tiempo un comerciante de corales, conocido en toda la región por su honradez y la excelente y fiable calidad de sus géneros."
Una tentación llegó a su tranquila vida, de la cada vez se sentía más descontento, de la mano del marinero Komrover,
al que Piczernik acompaña sin tregua en su estancia de permiso en
Progrody y al que atosiga con incesantes preguntas sobre el mar, los
barcos, el fondo marino, los vientos, las mareas,... Su
hasta ahora escondida pasión se va revelando y adueñando de él y el
comerciante, cual adicto, se entrega, se deja arrastrar. Y, siguiendo
con el símil necesita cada vez más y más poder satisfacer su ansia de
saber, de conocer, de ver. Sus costumbres religiosas, su vida familiar y su comportamiento en la tienda se ven resentidos. Comienza
la caída de Piczernik hacia esa profundidad marina en donde se esconde
el Leviatán, ese mítico monstruo marino cuidador de los corales pero
también, en términos religiosos, reencarnación del propio Satanás.
Pero aún se presenta otra tentación, en esta ocasión en forma de comerciante húngaro. Jenö
Lakatos se asienta en Suchky, pueblo cercano a Progrody, abre una
tienda y muestra ser una fuerte competencia para Piczernik.
Lakatos también vende como él corales pero a un precio muy inferior al
de los del comerciante judío; los corales de Lakatos no son auténticos
sino hechos de celuloide. Y la tentación se vuelve codicia y, ya que la
clientela se ha visto seriamente mermada, Piczernik como compensación decide mezclar los corales falsos con los corales auténticos, la pasión a la que ha entregado su vida.
Piczernik ha engañado a sus
clientes y se ha traicionado a sí mismo y a sus corales. Y si uno se
traiciona a sí mismo, ¿qué le queda? ¿Qué le queda al una vez honesto,
respetado y querido Piczernik?
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